La casa de mamá quedaba en la parte posterior de la Escuela de Medicina y gracias a ello es que sobrevivíamos con el café que ella había puesto, ya que los estudiantes y médicos (aparte de los lustradores y las prostitutas que iban a chequeo a sanidad) eran sus mejores clientes. Cuando entré al Hall no caímos en cuenta de las implicaciones que tendría el andar uniformado por esa área hasta aquel jueves, víspera del viernes de dolores. Resulta que de un costado de mi casa sale el tradicional desfile de la huelga y los universitarios toman el callejón en dónde estaba mi casa y lo vuelven una cantina al aire libre mientras se dedican a elaborar las carrozas.
Esa tarde me bajé de bus en la 13 calle. Cuando llegué a la primera avenida me di cuenta de que me estaba metiendo en la boca del lobo. Había cientos de universitarios, muchos ya bastante borrachos. Todos comenzaron a chiflarme y a molestarme, no me avergüenza decir que eché a correr y no paré hasta estar encerrado en mi cuarto.
viernes, 13 de noviembre de 2009
jueves, 12 de noviembre de 2009
Guatemala le gana a México en el Norceca
Al igual que su servidor, Guatemala nunca ha destacado en los deportes. Por eso recordamos con especial nostalgia el campeonato Norte Centroamericano y del Caribe de fútbol que nuestra selección ganó en Honduras en 1967, y de ese campeonato, el memorable triunfo contra México. Eran tiempos en los que la única manera de seguir un partido era a través de la radio. Ningún alumno que estaba en el Hall ese año pudo disfrutarlo.
Mientras nuestros muchachos sudaban la camisola en la cancha, nosotros también sudábamos la nuestra corriendo con nuestros escritorios a cuestas a través del inmenso patio de maniobras como castigo porque alguien (todos nos dimos cuenta que fue de cuarto, pero ni sus propios compañeros lo delataron), gritó “Ojo de Aguila” al coronel que estaba leyendo la orden del día y que por cierto, tenía un ojo desalineado. Para mi eterna ignominia, recuerdo que llegó un momento en el que ya no aguanté y me tiré al suelo llorando, me levantaron a patadas y me obligaron a seguir aunque me sentía morir.
Mientras nuestros muchachos sudaban la camisola en la cancha, nosotros también sudábamos la nuestra corriendo con nuestros escritorios a cuestas a través del inmenso patio de maniobras como castigo porque alguien (todos nos dimos cuenta que fue de cuarto, pero ni sus propios compañeros lo delataron), gritó “Ojo de Aguila” al coronel que estaba leyendo la orden del día y que por cierto, tenía un ojo desalineado. Para mi eterna ignominia, recuerdo que llegó un momento en el que ya no aguanté y me tiré al suelo llorando, me levantaron a patadas y me obligaron a seguir aunque me sentía morir.
El Sargento Abundio
Lo veía tan grande, tan moreno y tan malo. Estaba en tercer año pero se veía mayor incluso que los de quinto año. Para mi fue algo así como el Atila chapín, el azote de Dios. El tipo nos odiaba y si hubiera podido, nos hubiera borrado de la faz de la tierra. De él recuerdo tres anécdotas
Una fue cuando decidió castigar a todo primer año. Nos encerró en el gimnasio y comenzó a ordenarnos “a tierra, firmes” ¡Por más de dos horas! Y cuidadito de aquel que no cumpliera sus órdenes, lo agarraba a golpes y patadas. Se le había ocurrido que nos iba a dejar ir hasta que el techo del gimnasio sudara (esto lo hacían en las aulas, cerraban todas las puertas y ventanas y la condensación del sudor, producido por el castigo, hacía que los vidrios de las ventanas se llenaran de vapor y gotas de agua; pero era imposible que esto pasara en el gim, por supuesto que no podía esperarse que Abundio entendiera esas cosas). De pronto el castigo cesó. Y no pueden imaginar la razón… Uno de mis compañeros llevaba un cachorro de perro dentro de la mochila y cuando el sargento escuchó sus ladridos, se conmovió por el animalito y gracias a él nos perdonó.
Otra fue para mi primer arresto. Acababan de entregar notas de exámenes, y la mayoría tuvo que llegar el fin de semana por haber perdido clases, unos pocos llegamos por otras faltas (se me ha olvidado por qué estaba arrestado). A los arrestados por clases los ponían a estudiar, los que estábamos por faltas de disciplina teníamos que hacer algún castigo físico. No éramos más de diez y entre ellos estaba Abundio (¿les conté que él no se llamaba Abundio, su padre se llamaba así). La tarea que nos pusieron fue la de derribar unos muros del antiguo edificio y que luego se convertiría en el internado. El tipo era un espectáculo dándole con la almáciga hasta destruir la pared, se notaba el placer que estaba sintiendo en destruir algo. Excuso decirles que el más enclenque de todos era yo (en ese momento he de haber medido como 1.65 y pesaba menos de cien libras; no exagero al decir que se me veían las costillas). Entonces, como con mis golpes no hubieran derribado la pared ni en cien años, me pusieron a llevar el ripio en una carretilla. Y allá iba, pariendo, empujando la carretilla cuyo contenido era más pesado que yo, y provocando las carcajadas de los antiguos cuando me veían pasar.
La tercera ocurrió para las olimpiadas. Una vez al año, durante una semana, se disputaban competencias de atletismo y deportes de conjunto en los que competían los diferentes grados entre sí. En boxeo de peso completo Abundio disputó la final contra un antiguo de quinto año. Hubieran visto ese gimnasio cuando fue la pelea. Estaba abarrotado, pero sobre todo por estudiantes de primer año vivando al contrincante de Abundio. A lo lejos recuerdo que fue una pelea salvaje en la que corrió sangre y que finalmente, para regocijo de nosotros, los explotados de primer año, perdió Abundio. Obvio decir que el desgraciado se desquitó castigándonos y pegándonos por varias semanas.
Una fue cuando decidió castigar a todo primer año. Nos encerró en el gimnasio y comenzó a ordenarnos “a tierra, firmes” ¡Por más de dos horas! Y cuidadito de aquel que no cumpliera sus órdenes, lo agarraba a golpes y patadas. Se le había ocurrido que nos iba a dejar ir hasta que el techo del gimnasio sudara (esto lo hacían en las aulas, cerraban todas las puertas y ventanas y la condensación del sudor, producido por el castigo, hacía que los vidrios de las ventanas se llenaran de vapor y gotas de agua; pero era imposible que esto pasara en el gim, por supuesto que no podía esperarse que Abundio entendiera esas cosas). De pronto el castigo cesó. Y no pueden imaginar la razón… Uno de mis compañeros llevaba un cachorro de perro dentro de la mochila y cuando el sargento escuchó sus ladridos, se conmovió por el animalito y gracias a él nos perdonó.
Otra fue para mi primer arresto. Acababan de entregar notas de exámenes, y la mayoría tuvo que llegar el fin de semana por haber perdido clases, unos pocos llegamos por otras faltas (se me ha olvidado por qué estaba arrestado). A los arrestados por clases los ponían a estudiar, los que estábamos por faltas de disciplina teníamos que hacer algún castigo físico. No éramos más de diez y entre ellos estaba Abundio (¿les conté que él no se llamaba Abundio, su padre se llamaba así). La tarea que nos pusieron fue la de derribar unos muros del antiguo edificio y que luego se convertiría en el internado. El tipo era un espectáculo dándole con la almáciga hasta destruir la pared, se notaba el placer que estaba sintiendo en destruir algo. Excuso decirles que el más enclenque de todos era yo (en ese momento he de haber medido como 1.65 y pesaba menos de cien libras; no exagero al decir que se me veían las costillas). Entonces, como con mis golpes no hubieran derribado la pared ni en cien años, me pusieron a llevar el ripio en una carretilla. Y allá iba, pariendo, empujando la carretilla cuyo contenido era más pesado que yo, y provocando las carcajadas de los antiguos cuando me veían pasar.
La tercera ocurrió para las olimpiadas. Una vez al año, durante una semana, se disputaban competencias de atletismo y deportes de conjunto en los que competían los diferentes grados entre sí. En boxeo de peso completo Abundio disputó la final contra un antiguo de quinto año. Hubieran visto ese gimnasio cuando fue la pelea. Estaba abarrotado, pero sobre todo por estudiantes de primer año vivando al contrincante de Abundio. A lo lejos recuerdo que fue una pelea salvaje en la que corrió sangre y que finalmente, para regocijo de nosotros, los explotados de primer año, perdió Abundio. Obvio decir que el desgraciado se desquitó castigándonos y pegándonos por varias semanas.
El Bus 2
Ese era el que pasaba cerca de la casa, por la Avenida Elena. En primer año era un destartalado vehículo que fácilmente era modelo 48 o 50 (es decir, más viejo que la mayoría de nosotros), conducido por un piloto de apellido Chutay que gozaba haciéndonos correr para alcanzarlo. Nuestra parada quedaba en la 13 calle y allí nos juntábamos los que vivíamos en los alrededores. Los habituales en la parada ese primer año eran el Chino (no recuerdo el apellido) y Lara, ambos de segundo año. Como en las comedias, el Chino era alto y flaco, en tanto Lara era bajo y gordo. Al Chino, como vulgarmente se dice, le persignaba todo, en cambio Lara era más serio y apartado. Los de primer año éramos dos, Eduardo “Paloma” Valdez Fletes y yo. La mamá de Eduardo era nicaragüense y vivían en una casa de huéspedes, nunca supe del papá. Le pusieron Paloma, porque tenía el esternón de doble grosor y esto hacía que cuando sacaba el pecho se viera muy gracioso. Había también un antiguo de cuarto año de apellido Afre, que casi nunca llegaba a la parada y que era medio loco. Y de vez en cuando se asomaba para tomar el bus con nosotros otro alumno de segundo año a quien le decían el Negro Avilés, ya que efectivamente era bastante moreno. Este Avilés se pasaba todo el tiempo leyendo. Tiempo después, en la Politécnica, llegó a ser abanderado. Al graduarse le dieron una beca para estudiar medicina e incluso llegó a viceministro de salud.
Dentro del bus se vivía una cultura particular. Los alumnos de último año se sentaban hasta el fondo y así sucesivamente hasta llegar a los primeros asientos que eran para los de segundo. ¿Y los nuevos? Pues nos hacinaban en dónde hubiera lugar. Generalmente íbamos dos o tres en cada asiento (en el lugar asignado a una persona) sentados en escuadra (es decir con cuando mucho tres pulgadas de nuestras asentaderas en el asiento) y sin poder movernos, hablar y mucho menos recostarnos.
Había antiguos “buenos” que dejaban que uno se sentara y nos ignoraban en todo el recorrido y antiguos “locos” que aprovechaban el trayecto para ir haciéndole alguna maldad a los nuevos. En nuestro bus eran famosos el loco Estrada y el Mulón.
Los Estada eran tres. Estaba “la Chiqui” en quinto año, que no se metía con los nuevos, el pequeño era de mi promoción y el de en medio, que estaba en cuarto, era el famoso loco y de hecho lo estaba. Él no nos golpeaba sino que nos usaba como conejillos de indias para sus disparatadas ocurrencias. Por ejemplo, siempre cargaba un paquete de agujas (de coser) y le gustaba jugar al fakir con nosotros. Nos pedía que nos arremangáramos la camisa y luego nos echaba un discurso sobre que el dolor no existe, que sólo está en la mente, que si controlábamos nuestra mente, no sentiríamos dolor, y para demostrar que su teoría era cierta, comenzaba a ensartarnos las agujas en el antebrazo. Excuso decir que apretábamos los labios para que no saliera ningún quejido aunque sintiéramos que nos estaban arrancando el brazo y el se regocijaba de haber probado su teoría. Posteriormente se hizo médico.
En cambio el Mulón Ochoa, ese si sentía un placer morboso en golpearnos. Recuerdo la tarde que me llamó (una selección totalmente al azar), me hizo poner el brazo en escuadra y luego comenzó a golpearme con los nudillos en el codo. Se fue así por más de media hora, cuando me bajé tenía el brazo completamente dormido. La semana siguiente estaba hirviendo en fiebre y con el brazo hinchadísimo por la infección. Falté tres o cuatro días e incluso un subteniente a quien llamaban “el mudo” Morales llegó a ver qué había pasado y a presionarme para que dijera quién había sido para expulsarlo. Callé porque sabía lo que sucedía a los soplones y aunque me amenazaron con arrestarme varios fines de semana, no conté que había sido el Mulón. Cabe mencionar que muchos años después (a mediados de los ochenta) me lo volví a encontrar, ya era teniente coronel y estaba sacando el curso de comando y estado mayor. Yo estaba dando clases allí y de inmediato reconocí esa mirada de maniático y sin querer las piernas me temblaron. Afortunadamente él no se recordó de mi.
Los nuevos soñábamos con irnos en el asiento de algún antiguo bueno, como Pedro Brol o Edgar Herman, ambos de segundo año y que eran buenas gentes. Pedro terminó graduándose un año después que yo y con el paso de los años lo visité varias veces en calidad de paciente, porque es odontólogo. Edgar fue fugazmente mi compañero en Peat Marwick y luego se dedicó a la política, y llegó a diputado.
Dentro del bus se vivía una cultura particular. Los alumnos de último año se sentaban hasta el fondo y así sucesivamente hasta llegar a los primeros asientos que eran para los de segundo. ¿Y los nuevos? Pues nos hacinaban en dónde hubiera lugar. Generalmente íbamos dos o tres en cada asiento (en el lugar asignado a una persona) sentados en escuadra (es decir con cuando mucho tres pulgadas de nuestras asentaderas en el asiento) y sin poder movernos, hablar y mucho menos recostarnos.
Había antiguos “buenos” que dejaban que uno se sentara y nos ignoraban en todo el recorrido y antiguos “locos” que aprovechaban el trayecto para ir haciéndole alguna maldad a los nuevos. En nuestro bus eran famosos el loco Estrada y el Mulón.
Los Estada eran tres. Estaba “la Chiqui” en quinto año, que no se metía con los nuevos, el pequeño era de mi promoción y el de en medio, que estaba en cuarto, era el famoso loco y de hecho lo estaba. Él no nos golpeaba sino que nos usaba como conejillos de indias para sus disparatadas ocurrencias. Por ejemplo, siempre cargaba un paquete de agujas (de coser) y le gustaba jugar al fakir con nosotros. Nos pedía que nos arremangáramos la camisa y luego nos echaba un discurso sobre que el dolor no existe, que sólo está en la mente, que si controlábamos nuestra mente, no sentiríamos dolor, y para demostrar que su teoría era cierta, comenzaba a ensartarnos las agujas en el antebrazo. Excuso decir que apretábamos los labios para que no saliera ningún quejido aunque sintiéramos que nos estaban arrancando el brazo y el se regocijaba de haber probado su teoría. Posteriormente se hizo médico.
En cambio el Mulón Ochoa, ese si sentía un placer morboso en golpearnos. Recuerdo la tarde que me llamó (una selección totalmente al azar), me hizo poner el brazo en escuadra y luego comenzó a golpearme con los nudillos en el codo. Se fue así por más de media hora, cuando me bajé tenía el brazo completamente dormido. La semana siguiente estaba hirviendo en fiebre y con el brazo hinchadísimo por la infección. Falté tres o cuatro días e incluso un subteniente a quien llamaban “el mudo” Morales llegó a ver qué había pasado y a presionarme para que dijera quién había sido para expulsarlo. Callé porque sabía lo que sucedía a los soplones y aunque me amenazaron con arrestarme varios fines de semana, no conté que había sido el Mulón. Cabe mencionar que muchos años después (a mediados de los ochenta) me lo volví a encontrar, ya era teniente coronel y estaba sacando el curso de comando y estado mayor. Yo estaba dando clases allí y de inmediato reconocí esa mirada de maniático y sin querer las piernas me temblaron. Afortunadamente él no se recordó de mi.
Los nuevos soñábamos con irnos en el asiento de algún antiguo bueno, como Pedro Brol o Edgar Herman, ambos de segundo año y que eran buenas gentes. Pedro terminó graduándose un año después que yo y con el paso de los años lo visité varias veces en calidad de paciente, porque es odontólogo. Edgar fue fugazmente mi compañero en Peat Marwick y luego se dedicó a la política, y llegó a diputado.
13-02

Nuestra promoción fue la treceava que ingresaba al Hall, y como era tradición, a cada uno nos asignaron un número en función del puesto que habíamos alcanzado en el examen de admisión. Para sorpresa de todos (incluido yo) fui el primero de mi promoción, sin embargo ese año habían hecho una excepción y aceptaron en cuarto año a un chico nicaragüense de apellido Ulloa (entiendo que era hijo de un alto jefe militar de Somoza), y como todos teníamos que tener un número, a él le dieron el 13-1 y a los de primer año nos dieron del 13-2 en adelante. Con ese número pasé a los anales del Hall. El 13-3 es Rodolfo Alvarez, el 13-4 Hector García (el Toc), no recuerdo el nombre del 13-5 y el 13-6 era Miguel Angel López Jiménez, el mejor de mi promo y uno de los oficiales más ilustres que ha tenido el ejército de Guatemala (aunque los militares no lo vieron así). Si mal no recuerdo nuestra promo llegaba hasta el 184 o algo por el estilo, y ese número le tocó al Coco.
También había otra tradición, la de los centenarios, es decir aquellos que habían recibido el mismo número que uno, pero en otras promociones. Desafortunada o afortunadamente, en primer año sólo tuve un centenario y era el 12-2, un muchacho moreno de apellidos Pérez Bran quien sólo se recordaba de mi para sacarme dinero o quitarme mi refacción, pero en realidad no recuerdo que me haya golpeado nunca. Pérez se graduó en la Politécnica y cuando era capitán, murió asesinado, aparentemente por un comando guerrillero, en la Avenida Elena, cerca de la casa en dónde transcurrió mi infancia.
También había otra tradición, la de los centenarios, es decir aquellos que habían recibido el mismo número que uno, pero en otras promociones. Desafortunada o afortunadamente, en primer año sólo tuve un centenario y era el 12-2, un muchacho moreno de apellidos Pérez Bran quien sólo se recordaba de mi para sacarme dinero o quitarme mi refacción, pero en realidad no recuerdo que me haya golpeado nunca. Pérez se graduó en la Politécnica y cuando era capitán, murió asesinado, aparentemente por un comando guerrillero, en la Avenida Elena, cerca de la casa en dónde transcurrió mi infancia.
miércoles, 11 de noviembre de 2009
Recuerdos del primer día
No tenía idea de qué era eso del Hall o de lo que me tocaría vivir allá. Era un niño consentido, educado en un colegio mixto, que me encantaba andar por las calles pero que no me había criado en ellas, por lo tanto era bastante inocente. En aquellos tiempos al Hall era considerado casi como un reformatorio para jóvenes problemáticos, también recibían soldados que habían concluido su sexto año y a quienes se les habían visto dotes de mando para aspirar a oficiales. En Guatemala se estaba viviendo una guerra y en lugares como éste buscaban hacernos resistentes a los rigores de la lucha. ¿Será que mamá tenía idea de en dónde me estaba metiendo?
Voy entrando por la puerta principal, peludo y vestido de civil, entre mí y el gimnasio se interpone un inmenso patio ascendente, al fondo diviso las aulas. Medio desorientado sigo a los otros compañeros de reciente ingreso, de pronto escucho que me llaman. Es Pedro Granados (un nombre inolvidable para mi) con otro de sus compinches (no recuerdo quién de ellos era). Pienso que me van a dar la bienvenida y efectivamente es así, pero no es la que esperaba. Pedro me da una manada en el estómago que me tira al suelo, jadeando sin aire. Ellos comienzan a reír. Luego me piden que me cuelgue del borde de la pared y simultáneamente, me pegan en los costados. De nuevo caigo al suelo y me pongo a llorar.
¡Bienvenido al Hall! Fue tanto el trauma que no recuerdo nada más de ese día, ni siquiera el momento en que me quitaron el pelo.
Voy entrando por la puerta principal, peludo y vestido de civil, entre mí y el gimnasio se interpone un inmenso patio ascendente, al fondo diviso las aulas. Medio desorientado sigo a los otros compañeros de reciente ingreso, de pronto escucho que me llaman. Es Pedro Granados (un nombre inolvidable para mi) con otro de sus compinches (no recuerdo quién de ellos era). Pienso que me van a dar la bienvenida y efectivamente es así, pero no es la que esperaba. Pedro me da una manada en el estómago que me tira al suelo, jadeando sin aire. Ellos comienzan a reír. Luego me piden que me cuelgue del borde de la pared y simultáneamente, me pegan en los costados. De nuevo caigo al suelo y me pongo a llorar.
¡Bienvenido al Hall! Fue tanto el trauma que no recuerdo nada más de ese día, ni siquiera el momento en que me quitaron el pelo.
Viaje a Esquipulas para agradecer que me aceptaron
En los primeros días de enero de 1967, mamá, mi hermanito y yo tomamos un bus con rumbo a Esquipulas para darle gracias al Cristo Negro porque me habían aceptado. Ya había oscurecido y cuando íbamos pasando bajo un puente, un grupo armado nos detuvo. Uno de ellos subió al bus y pidió que todos los hombres bajaran para registrarlos. Mamá se opuso a que bajara, pero lo hice porque ya me consideraba un hombre. Nos pusieron con las manos contra el bus y uno a uno los iban registrando en busca de armas. Yo era el más pequeño de la fila y ni caso me hicieron.
(Qué ajeno estaba que eran las épocas en que la guerrilla y el ejército estaban luchando en el oriente. Por su forma de vestir y comportarse estoy seguro que se trataba de los hombres de Turcios Lima.)
(Qué ajeno estaba que eran las épocas en que la guerrilla y el ejército estaban luchando en el oriente. Por su forma de vestir y comportarse estoy seguro que se trataba de los hombres de Turcios Lima.)
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