Mostrando entradas con la etiqueta memorias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta memorias. Mostrar todas las entradas

lunes, 30 de noviembre de 2009

Nuestra dinastía


Que lejos estaba de imaginar que, tal y como mencioné en una entrada anterior, nosotros también íbamos a tener una dinastía. Me tocó el honor de inaugurarla. Ingresé en 1967 y me gradué en 1971.


Mi primo Carlos Braulio ingresó en 1970 y se graduó en 1974, él era de la promoción 16.


Su hermano, mi primo José Humberto, ingresó en 1972, es de la promoción 18 y se graduó en la Escuela Politécnica. Actualmente, luego de una destacada carrera en el ejército, es general de brigada.


Mi hermano David Onésimo, ingresó en 1973, era de la promoción 19. También se graduó en la Escuela Politécnica como oficial de marina. Lamentablemente, en 1990, antes de cumplir 30 años, ofrendó su vida en el cumplimiento del deber.


Uno de sus hijos, José Daniel Salazar Barahona, también es graduado del Hall. Si la mente no me falla, forma parte de la promoción 42 o 43, y acabo de enterarme que el hijo de una prima, el CA Oscar Enrique Sandoval Pineda es el 53-03.


El destino nos dio esa maravillosa oportunidad de formarnos como hombres de bien, con disciplina y valores. Algo que dificilmente podriamos haber tenido de haber estudiado en otro lugar.


Con orgullo decimos que somos parte de la familia hallista.
Termino así estas memorias. Sé que hay muchisimas cosas más que se pudieron haber contado y que no alcancé a recordar. Doy mi palabra que todo lo que acá he contado es tal y como lo recuerdo. Con sus lados alegres, tristes, claros y oscuros, es un legado, y así he tratado de respetarlo.
Creo en las cábalas, me había puesto la meta de publicarlas, y hoy 30 de noviembre de 2009, estoy terminando la tarea con la satisfacción del deber cumplido.
El glorioso Instituto Adolfo V. Hall fue fundado en 1955
Este blog tiene 55 entradas
Y este aprendiz de escritor, cumplió su promesa cuando tiene 55 años.

Recuerdos de la Clausura


En octubre de 1971 nos graduamos los dieciséis que habíamos iniciado quinto año. Nunca antes una promoción se había graduado completa. Esa era una de las metas que nos habíamos puesto y nos esforzamos porque tanto la Víctima (Penagos) como Nery (Oliva) salieran, a pesar que no le ponían mucho empeño a las clases.

Cuando supimos que sí nos graduaríamos, el papá de Rodolfo organizó una fiesta en su casa (ignoro si hubo otras, esa fue a la única que fui), nos dejaron beber y cantar, no hubo chicas, solo nosotros. Recuerdo que llegué bastante mareado a casa.

Aunque era de esperar, no les miento si les digo que estaba bastante nervioso porque no estaba 100% seguro que iba a ser el primer puesto de la promoción; cuando me lo confirmaron, lo compartí con mamá y ella llamó a papá para contarle. También me pidieron que dijera el discurso de despedida de la promoción, lamentablemente no me quedó copia, apenas recuerdo que comenzaba “En el constante devenir del tiempo, se ha cumplido un ciclo más…”

Del acto recuerdo poco, cuando veo las fotos está mamá, mi hermanito y papá con su cámara (es simpático, se ven dos ángulos, de un lado el fotógrafo y papá sale al fondo, y en las de papá, es el fotógrafo el que sale). Como quien dice, papá se robó el show, se veía tan orgulloso recibiendo las felicitaciones.Cuando ya estábamos uniformados de oficiales y desfilamos por última vez hacia la puerta, no pude contener el llanto. Como dicen mis hijas, fueron cinco años que marcaron mi vida, como puede leerse, estos recuerdos ocupan más de medio centenar de hojas, cada una de estas experiencias ayudó a hacerme lo que hoy soy. Aprendí de los buenos ejemplos y traté de no cometer los mismos errores que en algunos vi. Mis padres y mi hermanito compartieron orgullosamente estos momentos, unos de los pocos en los que pude soñar con que en realidad éramos una familia.

El Orador


Algo tarde pues estaba en cuarto año, descubrí mis dotes de orador, y así gané varios concursos, incluso interescolares. De esas vivencias, la que más recuerdo fue una que sucedió en el Hall, cuando estaba en quinto año, en la que nos enfrascamos en un duelo oratorio con otro compañero, cuyo nombre he olvidado, en el que la polémica despertó tanto el entusiasmo del resto de alumnos que ese gimnasio vibraba como si se hubiera estado disputando alguna final de voleibol o de fútbol de sala.

También seguí con mis dotes de escritor y poeta y entre los concursos que gané fue el del mejor pensamiento, en el certamen para el día de la madre de 1971. Mi pensamiento decía:
Madre, compendio universal de las virtudes humanas
Era para ti mamita querida.

El General Vassaux


Era el director cuando sufrí mi accidente, luego el general Arana lo nombró ministro de la defensa, estaba en ese cargo cuando nos graduamos y le pusimos su nombre a nuestra promoción. Independientemente de que apoyé al otro candidato a apadrinar a nuestra promoción (el capitán Iriarte), debo reconocer que al general Vassaux lo movían valores muy altos.

Era usual cuando hacíamos caminatas o ejercicios de campaña que los directores se asomaran en sus carros, medio bajaran la ventanilla para que les dieran el parte de novedades y luego se marcharan disfrutando de su aire acondicionado y refrescantes bebidas. Pero Vassaux era diferente. Él siempre se ponía a la cabeza y nos guiaba con el ejemplo.

Hay una foto de la graduación en donde se me ve pronunciando el discurso de despedida de la promoción y al general Vassaux secándose los ojos con su pañuelo (me encantaría poder decir que mis palabras lo conmovieron hasta las lágrimas, en conciencia pienso que sí).
El general cayó en desgracia ante los ojos de Arana por un confuso incidente que ocurrió cuando el presidente estaba de viaje y en el que una patrulla militar detuvo a su hijo mayor, el famoso Tito Arana ocupado en no se qué turbios negocios. En cuanto Arana regreso, lo destituyó y lo dieron de baja.

Como diez años después el general murió en un confuso incidente. La versión oficial es que al estar cambiando una llanta pinchada, pasó otro carro y lo atropelló. De la manera más tonta Guatemala perdió a un gran hombre y a un excelente militar.

Meza Soberanis

Observando el desempeño de Gustavo Adolfo Meza Soberanis, sargento primero efectivo y premio Coronel Carlos Castillo Armas (que se concedía al alumno que ocupaba el segundo lugar en la promoción), pocos hubieran dudado que no hubiera nacido para ser militar. Sin embargo, luego de graduarse, él decidió estudiar medicina. Qué pasó después, a qué experiencias estuvo expuesto o qué despertó su conciencia, no he llegado a saberlo.

Volví a verlo una noche de marzo de 1974, cuando el general Ríos Mont, candidato favorito para ganar las elecciones y que oficialmente había sido derrotado por el candidato oficial, llegó a la Ciudad Universitaria a pedirnos a los estudiantes que liberáramos a los miembros del consejo superior universitario que se tenían como rehenes para forzar al gobierno a un nuevo conteo de los votos. Yo estaba bastante involucrado en el movimiento universitario y si bien no participé en la toma de la rectoría, sí pertenecía al grupo que los apoyaba. El candidato derrotado nos dirigió un encendido discurso en la plaza que quedaba frente a las facultades de economía y derecho, y luego nos pidió acompañarle hasta la rectoría para solicitar la liberación de los rehenes. Íbamos hacia allá cuando ví que Gustavo Meza marchaba justo detrás del general, llevando una metralleta. No tuve oportunidad de acercarme para conversar con él.

A principios de los ochenta mi hermano (que ya era oficial del ejército y estaba destacado en las áreas de conflicto), me contó que Meza se había vuelto guerrillero y que incluso era uno de los comandantes más buscados por ellos. Me advirtió que si lo veía tuviera mucho cuidado. –Nunca anda solo y puede que nuestra gente lo esté siguiendo, lo mejor que podés hacer si lo mirás es huirle- Pareció ser un augurio. Un par de meses después, iba por la quince calle casi llegando a la cuarta avenida, cuando lo vi venir. Nunca olvidaré su cara ese día, podía leerse amargura, dolor, frustración, y tal vez resignación a un destino del que no podría escapar. Ignoro si me reconoció, porque fui cobarde y me crucé la calle. La siguiente vez que vi a mi hermano, me contó que ya habían resuelto el problema de Meza.

En 2006 hubo un escándalo al descubrirse lo que llegó a conocerse como “el archivo militar”, una serie de fichas con datos personales, muchas con fotografías, de personas sindicadas de pertenecer al movimiento popular. Los expertos indicaron que ciertas claves en las fichas daban cuenta de lo que había pasado con estos desgraciados. Entré a Internet y cuál no sería mi sorpresa que allí estaba la ficha de Meza, con la clave que identificaba a los que habían sido ajusticiados por las fuerzas del gobierno. También estaba la ficha de una muchacha de apellidos Meza Soberanis, lo que me hace suponer que era su hermana y quien corrió la misma suerte.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Anécdotas de campaña

Por lo menos dos veces al año nos llevaban de campaña a algún lugar del interior. De las aventuras que vivimos voy a narrarles tres: Cuando nos aplicaron evasión y escape, cuando fuimos a parar a un cementerio a media noche y la de la araña peluda.

En los militares el término evasión y escape rememora una de las pruebas más duras, algunos le llaman campo de prisioneros. En esencia consiste en que un grupo de “enemigos” tiende una emboscada y te captura, luego te lleva a un lugar en dónde te aplican tortura (tanto física como sicológica) para hacerte confesar datos sobre tu unidad. La prueba se pasaba con éxito si el prisionero no “cantaba” y lograba escaparse para regresar con los suyos. Se suponía que en el ejercicio se usaba violencia controlada, aunque circulaban horribles historias en las que incluso más de algún “prisionero” había muerto a causa de las torturas. Como se requiere cierto nivel de resistencia para pasarlo, normalmente te la aplican hasta que estás en último año, pero nunca te decían con anticipación cuándo iba a suceder. Nuestra promoción se había nutrido de las experiencias de las anteriores y cada vez que salíamos a alguna campaña íbamos con los nervios de punta preguntándonos si ese sería el día, el que finalmente llegó.

Estábamos, si no estoy mal, en la base de Jutiapa y nos dijeron que teníamos que salir en bus para un ejercicio de tiro en un polígono algo lejano. El bus caminaba por un camino de tierra cuando de pronto escuchamos dos explosiones (simulando minas), y un tiroteo cruzado. No recuerdo quién reaccionó y de inmediato abrió la puerta de atrás del bus, corrimos hacia allá y aunque el vehículo no se había detenido, comenzamos a tirarnos y a meternos entre los matorrales al lado del camino mientras nuestros “enemigos” corrían tras de nosotros (nuestra estrategia era que ni siquiera llegaran a capturarnos). En mi caso era tanta la desesperación que trepé una colina agarrándome de las raíces y ocultándome entre la maleza buscando poner la mayor distancia entre los captores y yo. Después de subir la colina, me escondí en una cueva que estaba del otro lado. Una vez me calmé y como no escuchaba nada, comencé a caminar en dirección a nuestro campamento base. Mi sentido de orientación no es precisamente una de mis fortalezas y esta vez no fue la excepción. Tengo la impresión que estuve dando vueltas en círculo por horas, ya que caminé desde las nueve de la mañana hasta aproximadamente las seis de la tarde, atravesé dos ríos y fui a parar entre un grupo de vacas que me persiguieron molestas por la intromisión, finalmente llegué a mi destino. Me contaron que ya estaban preparando una patrulla de rescate para irme a buscar y que el ejercicio había sido un fracaso ya que no lograron atrapar a ninguno (más vale cobarde vivo que valiente muerto, debió ser el lema de la promoción); fui el último que regresó. Un detalle que aún recuerdo con cariño fue que Carlos Braulio llegó conmigo y entregándome una cajita, me dijo –Tomá, te la guardé- Era su almuerzo y él no se lo había comido.

En otro ejercicio nos llevaron una noche al pie de una colina (en realidad era casi un pequeño volcán) y nos dijeron que el objetivo era llegar a la cima sin que nos capturaran (habían colocado a los alumnos de los otros grados en varios lugares del volcán con instrucciones de tomarnos prisioneros). Nos habíamos puesto camuflaje para quitarnos el brillo de la cara y manos y la única luz que llevábamos era una bengala que tendríamos que encender cuando estuviéramos en la cúspide. Eran las siete y nos dijeron que el ejercicio concluiría a media noche. Nos agruparon en parejas, la mía era Rodolfo Álvarez. Con Rodolfo decidimos ir despacio, dejar que las otras parejas avanzaran para que ellos distrajeran a los “enemigos” e incluso así poder saber en dónde estaban. Calculo que íbamos a medio volcán cuando comenzó a llover, era un agua helada que puso resbalosa el área y dificultaba aún más la visibilidad. En eso llegamos a un pedazo que no tenía árboles y para atravesarlo sin que nos vieran, decidimos arrastrarnos entre lodo. Estábamos a medio camino cuando Rodolfo casi pegó un grito y con gestos de espanto me señaló alrededor. Hasta entonces noté el montón de cruces que parecían salir del suelo. Estoy seguro que no fue el frío o el agua el que nos hizo estremecernos. Nos levantamos y echamos a correr hasta el otro lado sin volver la vista atrás. Seguimos avanzando despacio y al cabo de cierto tiempo ¡alcanzamos la meta! Nos pusimos de pie y encendimos la bengala, pero nadie nos aplaudió o vino a nosotros. Satisfechos por la misión cumplida, pero sorprendidos por no ver a nadie, emprendimos el regreso.

Como no llevábamos reloj ignorábamos qué hora era. Fue hasta que llegamos al campamento casi a las cuatro de la mañana, que supimos que cuando estábamos en la cima, hacía más de dos horas que todos estaban durmiendo.En otra campaña terminamos los ejercicios como a las nueve de la noche y nos dirigimos agotados hasta nuestras tiendas. Yo la estaba compartiendo con Ramirez, el sargento a cargo de la compañía. Ya nos habíamos desvestido y cada uno estaba envuelto en su poncho dispuesto a dormir cuando él me dijo –Salazar, tengo algo en el pie- Con mucho sigilo levanté su poncho y observé la araña más grande que he visto en mi vida, era peluda y negra y se movía muy despacio sobre el desnudo pie de mi compañero. Él se medio irguió y me dijo que era una de las que llaman de caballo, cuya mordida puede ser mortal. Me instruyó para que encendiera una candela y comenzara a dejarle caer la cera para obligarla a bajarse del pie. Así lo hice, aunque debo confesar que me temblaba tanto la mano que muchas veces la cera caliente le cayó en el pie a Ramirez quien haciendo acopio de paciencia, maldecía y me decía que tuviera más cuidado. Luego de un tiempo que me pareció eterno, la araña cayó a suelo. Ramirez se levantó y la puso en su gorra. Ambos salimos a mostrarla a los que estaban despiertos. Caminamos hasta otra tienda en la que vimos luz, en ella estaban Johny (Juan de Dios) y Sosa. Lo que pasó después fue para matarse de la risa.

A Juanito le agarró la sicosis de que una igual podría estar en su tienda y comenzó a sacar todo y a revisarlo minuciosamente. Incluso desarmaron la tienda. Les dio medianoche dedicados a esa tarea y él no se convencía de que sólo nosotros habíamos sido bendecidos con nuestra araña.

Mi primo Carlos Braulio

Carlos Braulio ingresó al Hall en 1970, cuando yo iniciaba cuarto año. De los cuatro primos que pasamos por sus aulas, diría que él era quien menos aptitudes tenía para la vida militar. Tal vez por lo de mi accidente, que ocurrió precisamente ese año, no pude estar todo lo cerca que debía para ayudarle a superar el año de novatada. Sólo recuerdo que una vez por poco me rompe la cara Douglas, uno de la catorce (que luego llegó a coronel), porque lo sorprendí robándole la comida a mi primo y se lo reclamé.

Mi primo logró terminar los cinco años en el Hall, pero no estuvo en el acto de graduación ya que días antes se marchó a Estados Unidos (nunca tuve claro lo que pasó). Volvió de allá quince años después, irremediablemente enfermo y sin que nosotros supiéramos que estaba en su casa, nos escuchó compartir la alegría de un fin de año, murió a los tres días. Mi tía Maruca dice que se sintió muy contento de habernos oído ese 31 de diciembre.

Viaje a Petén y a Belice


Estábamos en quinto año y se organizó una travesía por tierra al Petén para conocer las ruinas de Tikal. Hicimos el viaje en un bus del Hall, íbamos uniformados de verde olivo y con nuestro respectivo fusil. Nuestra primera parada fue en Río Dulce en donde nos llevaron en lancha a conocer el Castillo de San Felipe, luego pernoctamos en Poptún y finalmente llegamos a Tikal. Para ese entonces ya se me había arruinado la camarita instamatic porque se me cayó cuando íbamos en cayuco por un río. En Tikal hacía un calor húmedo que casi nos derretía, fue el momento oportuno para que apareciera la hielera y pronto estaba tomando la primera cerveza de mi vida. Era una Gallo bien fría y desde entonces me volví un leal consumidor de esa marca.

Estábamos por emprender el regreso cuando surgió la idea de ir a Belice, que en ese entonces era una colonia británica y en dónde los guatemaltecos no éramos bienvenidos, menos si nos aparecíamos con uniforme militar (en el pasado reciente, varias veces habíamos amenazado con invadirles, por lo que era fácil comprender sus sentimientos contra nosotros). Para evitar problemas nos pusimos ropa de civil (todos llevábamos una mudada) y dejamos las armas en la base de Poptún. Conocer Belice me convenció que lo peor que nos podía pasar era que nos lo devolvieran. Me dio la impresión que allá, nadie trabajaba. Se veía a la gente sentada en los parques, en las aceras, en los bares, literalmente sin hacer nada. Todos hablaban inglés y ninguno de nosotros era lo suficientemente fluido para mantener una conversación. De modo que pasamos los dos días allá comiendo bananas split mañana, tarde y noche, porque era lo que se podía pedir sin mayores complicaciones. Allá oímos por primera vez el reageé y nos encantó esa cadencia. Todos regresamos con al menos un disco de ese ritmo. No quiero imaginar que hubiera pasado si los vecinos beliceños hubieran descubierto que los “turistas” eran en realidad estudiantes de una academia militar.
En la foto estamos en el Castillo de San Felipe, el sargento Ramirez, quien esto escribe, el Capitan Sagastume (a quien menciono en Caballero de la Novia), Búrbano y Guzmán Ovalle

Caballero de la novia


20 de Mayo de 2008, acabo de ver la noticia y no termino de creerlo. Esto rebasa ya la ley de las probabilidades.

Febrero de 1971. Estoy en quinto año y falta menos de un mes para que se celebre el aniversario del Hall. En cada sección se busca afanosamente a la señorita que competirá por el cetro de reina del Instituto. Como es tradicional, los alumnos de quinto año serán los caballeros. En el sorteo me toca escoltar a Ana Julia Peña Zelaya, prima de los Peña. Cierro los ojos y la recuerdo, blanca, pelo negro liso casi hasta la cintura, hermosos ojos cafés, encantadora sonrisa, escultural figura y casi de mi alto. La mujer perfecta para novia del Hall. Pero había un problema. Ella se había criado en Norteamérica y casi no sabía español, hoy sería una ventaja, en aquella época no.
El concurso se desarrolló sin mayores contratiempos y Ana Julia (con quien cruce muy pocas palabras por esa timidez con las mujeres que me va a acompañar hasta la tumba y que pocos me creen) clasificó entre las finalistas. Esa parte del certamen se llevó a cabo en el auditórium del IGSS en la zona 4. En esa etapa los jurados las sometían a diversas preguntas para medir la desenvoltura de las participantes, área en la que a mi candidata le fue muy mal ya que no sólo le costó entenderlas sino también hilvanar una respuesta en español. Yo sentí que se caía el cielo. Aunque trataba de ser imparcial, veía a las otras muchachitas y no podía explicarme cómo, el jurado fuera a darle el trono a una de ellas. Así que rompiendo todo el protocolo, en un receso fui con el jurado y literalmente les dije que no estaban siendo justos por el problema que ella tenía con el idioma. Afortunadamente entre ellos estaba el “capitán” Sagastume Evans, que aparte de don Juan era bilingüe, él aceptó repetirle las preguntas en inglés y que ellas las contestara en ese idioma. Como es lógico de pensar, ganó el concurso.

Otra tradición en el Hall era que a la reina la coronaban en la fiesta de aniversario y que en ese momento, el alumno que hubiera ganado el concurso de poesía, la escoltaba a su ingreso al salón y le recitaba su obra. Aunque jamás había escrito un poema, decidí que ese alumno iba a ser yo. Pasé día y noche buscando cómo poner esa inspiración que mi corazón sentía en un papel. Probé y probé hasta que creí haber encontrado algo con sentido. Fue un soneto que empezaba así:

Por bella, por gentil y talentosa
Tres virtudes en la suprema gracia
Nombrarte soberana poderosa
El tribunal mortal tuvo la audacia

No recuerdo cómo seguía, pero sí que fui declarado ganador. Esa noche se lo recité (no sé si lo entendió por su problema de idioma), ella me dio un diplomático beso en la mejilla. Pasé toda la noche vacilando entre acercarme o no para pedirle que bailara conmigo pero finalmente no me atreví.

Como tenía bonita letra se lo escribí en un pergamino y mamá me dio dinero para enmarcarlo. Averigüé en dónde vivía y se lo fui a dejar, pero ni siquiera pregunté por ella. Días más tarde Peñita me entregó una foto de ella con una nota de agradecimiento al dorso.

Hoy apareció la esquela que anunciaba que ayer había partido de este mundo. Descansa en paz bella, gentil y talentosa, leyendo lo que se ha escrito de ti, comprendo que fuiste un ángel bajado del cielo; gracias por iluminar mi vida, esos fugaces momentos los recordaré siempre.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

El Teacher

Se llamaba Rudy Coronado Martinez (Rudy, no Rodolfo), era de la décima promoción y terminó graduándose con nosotros. Se relacionaba muy poco con los demás, siempre estaba estudiando porque no sólo estaba sacando bachillerato, sino que estudiaba magisterio en la noche, por eso le decíamos el teacher. Siempre me dio la impresión que venía de una familia muy pobre. Varias veces le presté mis cuadernos para que se pusiera al día porque se mantenía cansado y a menudo se dormía en clase. Cuando se graduó solicitó su alta en el ejército (supongo que por eso hacía el esfuerzo en el Hall y no solo en el magisterio, como subteniente al menos tenía un sueldo más decente que de maestro y otras prebendas). Luego me enteré que había ganado una beca para estudiar en una academia especializada en policía militar. Cinco o seis años después el teacher murió con varios de sus hombres en una emboscada que le tendieron los guerrilleros.

Chejo

Como ya conté, el Chejo (Sergio Pineda), se quebró la espalda el mismo día que yo, aunque tuve mejor suerte que él ya que a mi sí me pusieron bien el yeso. Él quedó como jorobado.

Ya nos habían quitado las caparazones, estábamos en período libre y decidimos salir por la capilla a volar aviones de papel, nada malo pero que rompía la norma de que nadie podía estar fuera de las aulas en período de clase. De pronto se apareció el alicate Toledo (hoy el respetable doctor Manuel Toledo), sargento encargado y alumno de quinto año, con varios de sus compañeros galonistas. A todos nos reportaron por esa falta menos al Chejo, ¡porque estaba en la clase haciendo otro avión! Al finalizar el año le dieron la placa del alumno de mejor conducta de cuarto año y yo me moría de la envidia.

En quinto año todos comenzamos a decir qué íbamos a estudiar en la U y la mayoría nos decidimos por ingeniería química (sonaba sexi, pero no fue por el animaleje). No exagero, de los dieciséis que éramos, seis o siete decíamos que esa sería nuestra profesión. Hoy hay un ingeniero químico en la promoción, el Chejo. Un día confesó que había decidido estudiar eso por seguirnos. Se fue a vivir a la frontera con México y entiendo que es el feliz padre de muchos chejitos.

La tragedia de los alumnos de Comercio

Estábamos en quinto año cuando se embarrancó uno de los buses que transportaba a los alumnos de último año de la Escuela de Comercio que venían de regreso de una excursión. Si mal no recuerdo murieron más de cuarenta. Todos los que estábamos terminando la secundaria quedamos impresionados por la noticia. Cuando se está en último año, el sueño de todos es graduarse, es como la primera etapa antes de comenzar a ser realmente un adulto. La dirección ordenó que los alumnos de quinto año fuéramos esa noche a la Escuela de Comercio a velar a nuestros compañeros que ya no se graduarían ese año.

Fue un acontecimiento histórico, nunca una delegación de alumnos del Hall, uniformados de gala, había entrado de manera pacífica a una institución de educación pública; es más, eran legendarios los enfrentamientos a golpes que promociones anteriores habían tenido con alumnos de la Normal, Comercio, el Central o el Aqueche. Sin embargo esta vez no hubo bronca, todos estábamos unidos por el dolor. La mayoría de féretros estaban cerrados y nosotros hacíamos guardia de quince minutos ante cada uno. Esta vez yo llevaba la bandera. Estábamos ante uno de ellos, cuando llegaron unos familiares y abrieron la tapa. Sólo recuerdo que vi la cara de del compañero que estaba en frente y que había logrado atisbar el cadáver.

Beca Alvaro Contreras Velez


Don Álvaro, uno de los fundadores de Prensa Libre tenía un hijo en la décimo segunda promoción. A Edgar Contreras le conocían como “chucha flaca” no sé por qué. Era un muchacho alto y delgado, muy buen jugador de voleibol y que no se metía con nadie. Muchos años después me vine a enterar que era papá de una de las mejores amigas de Marlene. Cuando estábamos en cuarto año y su hijo en quinto, él decidió instituir una beca que llevaría su nombre y que se daría al mejor alumno de cuarto grado. En la clausura se anunció que yo la había ganado. Con orgullo y agradecimiento puedo decir que fui el primero en recibirla.

La beca era de Q 250 (no mensuales, eso era todo). Lo que pasa es que la colegiatura era de Q 15 mensuales, por lo tanto, en teoría no sólo la cubría sino que alcanzaba para libros y uniformes. Para nosotros, que siempre estábamos con una mano adelante y otra atrás, fue un respiro contar con ese dinerito. Papá aprovechó para salir en las fotos, muy alegre porque –para variar- en quinto año no puso ni un centavo para mi educación.

Al fin galonista


Es evidente que los oficiales que me tuvieron a su cargo en mis primeros tres años en el Instituto se dieron cuenta que yo no tenía madera de militar. Así que, a pesar de destacar en los estudios, de haber sido uno de los abanderados y de estar siempre entre los tres mejores alumnos de todo el plantel, no me nominaban para un ascenso. Mentiría si les dijera que no me importaba pues por ejemplo, al terminar tercer año, López Jiménez ya era sargento segundo efectivo y yo seguía siendo el equivalente de un soldado raso. Cuando me fracturé, sentí que mis probabilidades se habían reducido a cero.

Pero estaba muy equivocado. No sé si fue el cargo de conciencia por mi accidente o porque llegaron a la conclusión que ya me lo merecía, el hecho es que ese 30 de junio por fin ascendí a cabo dragón. El 15 de septiembre subí a cabo efectivo y el 1 de marzo de mi último año, a sargento segundo dragón (sinceramente esperaba subir a sargento segundo efectivo el 15 de septiembre, pero me dio la impresión de que se olvidaron de mi promoción, ya nos veían graduados).

domingo, 22 de noviembre de 2009

El Capitán Santiago

Acabo de verlo (abril de 2008), fue a la graduación de su nieta en un curso de Og Mandino al que también asistió Braulito. Soy tan despistado que hasta el día siguiente caí en que había sido él el que se había acercado a saludarme. De haberlo recordado, le hubiera pedido mi trabajo de Historia del Arte Guatemalteco.

El profesor Santiago Tistoj (Santiago era su primer apellido) nos impartió artes industriales en tercero e Historia del Arte Guatemalteco en quinto. En Historia del Arte, en lugar de examen final, teníamos que hacer un trabajo que cubriera el arte desde la época precolombina hasta la contemporánea. Les suplico que recuerden que en esa época no había procesadores de palabras, fotocopiadoras o Internet, y que tomar fotos era un lujo que pocos podían darse por lo caro que eran los rollos y el revelado. Así que los textos se escribían a mano y muchas de las ilustraciones eran recortes de periódicos y dibujos. Modestia aparte, mi trabajo era en sí una obra de arte. Una minuciosa investigación de más de doscientas hojas con infinidad de dibujos, recortes y algunas fotos (fruto de incontables tardes en la biblioteca nacional, visitas a la Antigua y a los museos). Saqué 100 pero nunca me lo devolvió. Años después lo seguía usando como texto para dar su clase y a todo el mundo le contaba que yo se lo había regalado.

El Animaleje

Se llamaba Mariano Menchú, era licenciado en farmacia y nos daba química. Era muy bajito, moreno, de pelo espinudo cortado casi al rape y lentes con aro de grueso carey. Le costaba hablar el español y por lo tanto era un triunfo el entenderle, ya no digamos su clase (“si mezclames dos molécules de hidrógene con una de oxígene, obtenemes ague”). Nunca sonreía y era durísimo para calificar. No sé cuantos alumnos se rezagaban en su graduación por haber perdido química.

Mister Luckens

Era un gringo inmenso, de cara sonrosada, ojos celestes y anteojos de aro redondo. Estaba casi calvo y el poco pelo que le quedaba lo tenía completamente blanco. Su voz era fuerte y grave. Hablaba un español chapurreado y era pésimo maestro, pero nos divertía con sus ocurrencias. Siempre entraba a la clase somatando con el puño cerrado la puerta, entonces ideamos una travesura. Los compañeros calcularon la altura a la que pegaba los puñetazos y le pusieron chicle en toda esa área (todos masticamos chicle esa mañana para poder tener suficiente que poner en la puerta). Cuando el capitán Lukens entró y dio su acostumbrado golpe, la mano se le impregnó de chicle y cuando quiso retirarla se formó una liga que iba de allí hasta la puerta. Todos nos matamos de la risa y el gringo, todo colorado, nos maltrató -Ustedes ser unos hijos de puta- nos dijo y salió para irse a lavar al baño. No nos denunció, creo que no lo hizo para evitar la vergüenza ante los oficiales.

En el año 2007 leí en una esquela que su familia participaba su fallecimiento en Estados Unidos.

Milocho

Se llamaba Florencio Ovalle López, era originario de Quetzaltenango y era hermano menor de uno de los más grandes poetas que ha tenido Guatemala, Werner Ovalle López, el único “maestre del gay saber” de los juegos florales de Quetzaltenango por haber ganando no se cuantas veces el primer premio de poesía en ese certamen. Nunca supe de donde le habían puesto el apodo ni qué significaba. Él era otro de los mil usos del Hall y el único que allá se refería a mí como “don Braulio”. Era moreno, lampiño, usaba lentes con un aro de carey grueso, pelo negro y liso, envaselinado y con camino en medio. Tenía aire de intelectual y una voz muy aguda.

A veces, cuando no tenía ganas de dar clases, ordenaba cerrar la puerta y frotándose las manos nos decía con gesto picaresco –Jóvenes, hoy voy a resolverles las dudas que tengan- y no eran precisamente dudas técnicas, eran sobre la vida, el sexo y esos temas que nos apasionan a los adolescentes. De él recuerdo especialmente su teoría de que hay que negarlo todo si tu pareja te reclama infidelidad. Incluso nos decía, si te encuentra con otra dile que está equivocada, que tú no eres esa persona.

viernes, 20 de noviembre de 2009

El Capitán Zea Ruano

Era un señor de avanzada edad, diría que cuando nos dio clases ya tenía unos sesenta y cinco años. De voz ronca y seca, caminar pausado y se peinaba el blanco cabello hacia atrás, recordándome a cierta especie de faisán. De apodo le llamaban “el león dormido”. Era el mil usos del Hall, daba clases de lenguaje, sociales, contabilidad, lo que fuera y nunca cambiaba su estilo. Tenía un libro para cada materia, nos dictaba veinte o veinticinco minutos y luego nos decía que estudiáramos lo que nos había dictado. Entonces se quedaba dormido en la silla. Nosotros ya sabíamos que si no hacíamos bulla, podíamos hacer lo que quisiéramos. Incluso en exámenes todos nos quedábamos callados, muchas veces sin contestar nada, esperando a que se durmiera. Cuando esto invariablemente sucedía, sacábamos libros, cuadernos, los más osados se levantaban a copiarle a sus compañeros, todo en absoluto silencio.

Estábamos en quinto y en un examen de sociología había como diez alrededor de mi escritorio copiándome las respuestas, cuando se oyó un estruendo como de bala. Uno de mis compañeros, con toda la mala intención, había dejado caer un grueso libro al suelo. Todos nos quedamos paralizados. El león dormido abrió los ojos, nos vio a todos, y los volvió a cerrar.

Estaba en tercero y la noche anterior había estado de guardia en la garita. No había sido una guardia tranquila porque a media noche habíamos salido a perseguir a unos tipos que estaban violando a una muchacha en un bosquecito que quedaba enfrente, como a media cuadra, y luego nos quedamos tan acelerados que ya ni descansamos ni estudié para el examen del día siguiente. El hecho es que cuando me presenté a resolverlo, tenía la cabeza en blanco. Terminé rápido porque no pude contestar casi nada, pero antes de entregarlo se me ocurrió algo, no le puse nombre. Al día siguiente, confiando en mi buena estrella, me presenté ante él y le dije que como había estado de guardia, no había hecho el examen del día anterior. Él me creyó (como no iba a hacerlo si yo era el mejor alumno de la clase y tenía una cara de que no mataba ni una mosca) y me dio el mismo examen que ya conocía. No está de más decir que para que no sospechara lo resolví con otra letra y deliberadamente contesté algunas malas para sacar sólo noventa. Dos días después nos entregó los resultados, pero no me dio el mío, también preguntó si todos habíamos puesto nuestro nombre en el examen porque había uno que no lo tenía. Al terminar la clase me dijo que quería hablarme en el salón de profesores y que llevara mi cuaderno. Cuando llegué allí me mostró el examen sin nombre y abrió mi cuaderno para comprobar que era exactamente la misma letra. Yo sabía que era una falta muy grave, que incluso me podían expulsar por haber tratado de engañar a un profesor. Él me dijo que en la vida hay que aprender a ser correctos y que si estaba consciente del error que había cometido, le respondí que sí y le di como justificación todo lo que había pasado aquella noche. Creo que le supliqué que no me fuera a reportar. Él sólo me pidió que me retirara. No me reportó y en las calificaciones me puso sesenta (se ganaba con sesenta y uno), fue el único examen que perdí en los cinco años que estuve en el Hall.

El capitán Zea Ruano era famoso por sus dichos, uno de ellos era “Dios dijo, ayúdate que yo te ayudaré. No dijo, te ayudaré siempre” y otro “Si ustedes se van a quedar esperando a que las cosas les caigan del cielo, primero le van a salir dientes a las gallinas” en el fondo, ambos tenían un fuerte mensaje para que actuáramos y tomáramos el control de nuestros destinos.

Los maestros siempre han ganado sueldos de hambre que apenas si alcanzan para sostener a una familia. Ignoro cómo era la situación del capitán Zea Ruano, pero a su avanzada edad, daba clases en el Hall, y en la tarde y noche en la Escuela de Comercio. El pobre hombre tenía que calificar cientos de exámenes y dar infinidad de materias. La verdad es que apenas si tendría tiempo para dormir. Así que no era por pereza que se quedaba dormido en clase, era simple y sencillamente un tremendo agotamiento.

Tal vez no aprendí mucho en sus clases, pero me enseñó el valor de ser correcto.

El Capitán Iriarte

Conforme a las costumbres del Hall, a los catedráticos se les llamaba “capitán” (entiendo que efectivamente en los registros aparecían como capitanes asimilados). A uno de los que más recuerdo y aprecio guardo era a Ramiro Iriarte. Era moreno, de pelo colocho y bigote al estilo Dalí, de mediana estatura, cuerpo fornido, y por la falta de ejercicio, lucía una espléndida barriga, lo que no impedía que anduviera muy erguido. Se ponía licenciado, pero no sé en qué y de él se contaba que en su juventud había sido luchador, que participaba enmascarado usando el nombre de El Fantasma. Que la tarde en la que había perdido la máscara, hasta su esposa había subido al ring armada de una silla para tratar de evitar que se supiera quien era. Era de los profesores fundadores (es decir que estaba dando clases desde la primera promoción) y se caracterizaba porque nunca nos decía nuestro nombre, para él todos éramos “micos”. –Mirá vos mico- o –Bueno micos- eran expresiones comunes en él. Su especialidad eran los estudios sociales y me encantaban sus clases de historia porque más parecía que estaba contando un cuento.

Con nuestra promoción ingresó un su hijo, Byron (creo que era el mayor) pero lamentablemente no llegó a graduarse. En otro apartado narré el gran favor que me hizo con la clase de natación y si mal no recuerdo, fue el único catedrático que me visitó en el hospital cuando me accidenté.

En el Hall era costumbre que cada promoción llevara un nombre. Cuando llegamos a quinto año y tuvimos que decidir, hubo dos finalistas, el capitán Iriarte y el general Vassaux, que para ese entonces era el ministro de la defensa. Yo propuse a Iriarte porque había sido la promoción de su hijo y siempre nos había tratado de manera especial, además quería agradecerle las atenciones que había tenido conmigo y me llamaba la atención que siendo él uno de los profesores fundadores, era el único cuyo nombre no lo llevaba alguna promoción. Pepe Pivaral propuso al general Vassaux, no tanto por que hubiera hecho algo por nosotros sino porque nos abría una ventana de oportunidad (en aquellos tiempos, ser ministro de la defensa significaba, de hecho, ser el próximo presidente de la república). Sus argumentos convencieron a la mayoría y la treceava promoción del Hall se llamó General Lionel Vassaux Martinez.