En algún momento de 1968 el gobierno de Méndez Montenegro decidió repatriar los restos de Antonio José de Irrisarri. Este bendito señor, ignoro por qué azares del destino, a pesar de ser guatemalteco, terminó siendo presidente de Chile y menos sé por qué no lo dejaron descansando allá. El hecho es que nos tocó ir a traer sus restos al aeropuerto y llevarlos en cortejo hasta el Palacio Nacional.
Estábamos en plena época lluviosa y un tremendo chubasco comenzó a caer cuando ni siquiera habíamos llegado a la torre del Reformador. El portaestandarte, en este caso yo, tenía que llevar la bandera al frente, sosteniéndola con una sola mano (al contrario del abanderado que la llevaba descansando sobre el hombro). La tela enguatada llegó a absorber tanta agua que ya no la podía sostener ni con las dos manos. Uno de los oficiales se dio cuenta y me autorizó a bajarla para llevarla igual que la otra bandera. Estaba tan pesada que el asta se me había, literalmente, ensartado en la ingle y cuando hice el esfuerzo para sacarla del soporte, como que me pasé de fuerza y solo alcancé a ver que el escudo de metal que estaba al otro extremo salía volando para aterrizar en un charco al pie de la banqueta. Uno de los “cajas” corrió a recogerlo y seguimos diz que marchando bajo ese diluvio.
Dejamos lo que quedaba del difunto luego de un siglo de haberse despedido de este mundo, en el salón principal del palacio y a los que lo habíamos llevado hasta allí, nos dieron el resto de la tarde libre. Fui a mi casa hecho una sopa, con la preocupación de secar el uniforme y los botines porque al día siguiente nos tocaba desfilar del palacio al cementerio. Como siempre he sido medio práctico para resolver problemas se me ocurrió poner los botines en el horno (en ese entonces no existían los de microondas) y me recosté a tomar una siesta. Un desagradable olor me despertó dos horas después. Una humareda salía de la cocina. Del horno apenas logré rescatar una masa negra. Salí corriendo a buscar a mamá a su trabajo. Creo que prestó entre sus compañeras para poder ajustar los veinte quetzales que costaban unos botines nuevos (eso era casi la cuarta parte de su sueldo). Los compré en una zapatería frente al parque Concordia y regresé a casa rogándole a Dios que se acabara pronto ese día tan difícil.
Al día siguiente, luciendo botines nuevos, salí del Palacio llevando el estandarte (ya le habían soldado el escudo al asta), con rumbo al cementerio. Pero la gallardía me duró poco. Menos de diez cuadras después sentía los pies en carne viva y como que me habían untado chile en ellos. Así aprendí, de la manera más dura, que nunca se deben estrenar zapatos en un desfile. Las ampollas, del tamaño de pelotas de ping pong y que fueron reventándose en el trayecto, tardaron más de una semana en cicatrizar.
domingo, 15 de noviembre de 2009
El hijo del héroe del 2 de agosto
2 de agosto de 1954. El Sargento de Caballeros Cadetes Luis Araneda muere combatiendo contra las tropas del ejército de liberación, dejando a su novia embarazada. El niño recibió el nombre de su padre, pero como no se había legalizado la unión, tuvo que llevar el apellido de su madre. En 1968, el hijo de éste héroe ingresaba al Hall.
Recuerdo a su mamá como una señora jóven y muy atractiva (tenía cabello pelirrojo y cuerpo bien formado). Nunca supe por qué, pero ella se mantenía en el Hall y recibía toda clase de atenciones de los oficiales.A Luis, ahora médico obstetra, me lo he encontrado varias veces en los corredores de Europlaza, le he preguntado por su mamá y me ha dicho que está bien. Una vez los vi en un restaurante y los saludé, me conmovió ver a esa ancianita por todos los sacrificios que ella ha vivido y que me inspiró para escribir mi novela,
Recuerdo a su mamá como una señora jóven y muy atractiva (tenía cabello pelirrojo y cuerpo bien formado). Nunca supe por qué, pero ella se mantenía en el Hall y recibía toda clase de atenciones de los oficiales.A Luis, ahora médico obstetra, me lo he encontrado varias veces en los corredores de Europlaza, le he preguntado por su mamá y me ha dicho que está bien. Una vez los vi en un restaurante y los saludé, me conmovió ver a esa ancianita por todos los sacrificios que ella ha vivido y que me inspiró para escribir mi novela,
Ganamos la bandera

Faltando una semana para concluir el ciclo escolar de 1967 nos comunicaron la grata noticia que López Jiménez y yo habíamos ganado el primer y segundo lugar en todo el Hall y que por lo tanto éramos los nuevos abanderados.
Esos últimos cinco días fueron de continuos golpes y castigos, recuerdo una tarde cuando nos hicieron arrastrarnos por todo el barranco que quedaba atrás, comer grama y beber del río de aguas negras que corría al fondo.
Cuando veo las fotos de esa clausura, siento dos dolores en mi alma. El primero por esa esbelta figura (con diez pulgadas menos de cintura) que nunca volveré a recuperar; el otro porque tengo que darle la razón a Rueda con esa su frase que asesinaba la gramática –Salazar, enderezca la cabeza-
Esos últimos cinco días fueron de continuos golpes y castigos, recuerdo una tarde cuando nos hicieron arrastrarnos por todo el barranco que quedaba atrás, comer grama y beber del río de aguas negras que corría al fondo.
Cuando veo las fotos de esa clausura, siento dos dolores en mi alma. El primero por esa esbelta figura (con diez pulgadas menos de cintura) que nunca volveré a recuperar; el otro porque tengo que darle la razón a Rueda con esa su frase que asesinaba la gramática –Salazar, enderezca la cabeza-
Los Mulet
En el Hall había algo así como dinastías, varios hermanos que pasaban por allí y que los identificaban por sus apodos. Recuerdo a los Piochas (Rosales Mendez Ruiz), cuatro hermanos brillantes desde el punto de vista académico; los Pollos (Álvarez) tres que son recordados por molestones; los Picheles (Ruiz Morales) dos que también destacaron académicamente, pero los que definitivamente son inolvidables por diferentes, son los Mulet, los tres hermanos Mulet Lessieur y los dos primos Byrne Mulet.
Los Mulet Lessieur eran hijos de un periodista francés de apellidos Mulet Descamps de quien no tengo idea cómo fue que vino a parar a Guatemala. El mayor, Edmond era de la décima promoción pero perdió un año e iba con la once. Según decían, era el que más había sufrido porque cuando ingresó tuvo que aguantar las burlas y castigos que le propinaron por ser diferente (todos eran rubios y de ojos claros, por la educación que habían recibido en su casa, se comportaban de manera refinada, lo que chocaba con la manera de ser de la mayoría de alumnos en el Hall). Contaban que los primeros días había llegado con pantalones cortos de tirantes y calcetines altos. Edmond, al igual que yo, jamás estuvo en un pelotón de fusileros, él se refugió en la banda de guerra y los dos años que compartimos siempre fue el segundo del encargado. Como era alto y blanco, destacaba al frente de los cornetas marchando con mucho entusiasmo aunque sus compañeros se burlaban de que, siendo ya de últimos años, sólo estuviera en la banda. Recuerdo un viaje que hicimos para desfilar en un pueblo llamado el Jícaro y que al regreso compartimos asiento en el bus. En ese tiempo estaba en segundo y era el portaestandarte. Comenzamos a platicar y pronto nos pusimos a comentar libros que habíamos leído, para nuestra mutua sorpresa compartíamos gustos y las horas se nos hicieron cortas. Entonces cambió mi imagen de él, me di cuenta que si bien no destacaba en los estudios, tenía una cultura envidiable. Con el tiempo fue destacando en el cuerpo diplomático y en el año 2007 lo nombraron secretario de la misión de la ONU en Haití, luego llegó a secretario general adjunto, todo un honor para Guatemala.
Maurice, el segundo, era de la once pero iba con la doce. Era delgado y no muy alto, molestón y rebelde.
Y luego estaba André, el pequeño, el de mi promoción. André se parecía más a Maurice y estábamos en la misma sección. Como tenía dos hermanos grandes (uno en segundo y otro en tercero) no lo golpeaban, a los antiguos les divertía con su inocencia. Recuerdo que hasta los malos de Granados lo rodeaban y le decían –Nuevo, decí malas palabras- André, con su carita pecosa y sus grandes ojos azules, decía con vocecita aflautada –Malo, feo- y los antiguos se doblaban de la risa. En aquella época era obligatorio que nos pusieran varias vacunas, entre ellas la de la tuberculosis. Primero nos ponían la prueba de la tuberculina que era un poco de líquido que aplicaban justo debajo de la piel y que formaba una bombita, como ampolla. Nos ponían en fila y Aspirina con otro enfermero iban aplicándola (no me pregunten de higiene, ellos llenaban su jeringa y usaban una misma aguja para todos). Yo iba justo detrás de André y vi que cuando se la pusieron, se puso blanco como papel y se desmayó.
Al profesor de artes industriales, de apellido Samayoa, le decían “padrote” no me pregunten por qué, ese no es un apodo del que uno pueda sentirse orgulloso. El bendito padrote nunca se quitaba los lentes oscuros, en realidad nunca le vi los ojos, lo cual era peligroso el día de los exámenes porque no podías saber si te estaba controlando cuando sacabas el chivo o el cuaderno. Resulta que uno de los experimentos que le gustaba hacer era regar agua en el piso, luego metía un alambre en un tomacorriente y nos obligaba a arrodillarnos y poner las manos en el agua, entonces, mientras tomaba el alambre metido en el tomacorrientes con una mano, nos comenzaba a pasar la otra por la cabeza pelona. Era una sensación rarísima, como si miles de alfileres se estuvieran clavando en tu cerebro. No está de más decirles lo que pasó cuando a André le tocó sentir al experimento.
Edmon y Maurice sí se graduaron del Hall, André estuvo dos o tres años, luego tomó otro camino.
Enrique Byrne era de la promoción de Carlos Braulio, tenía mucho parecido físico con André y fue el más “normal” de los cinco. En cambio Donald, su hermano pequeño, cerró con broche de oro el pentágono de los Mulet. Donald era de la promoción de manzanita, y si me permiten decirlo, parecía muñequito. De ojos azules y rasgos finos, se veía precioso con los uniformes. No lo traté mucho en el Hall, pero años después me sorprendió verle con sotana, pero también a veces por las noches en las discotecas, disfrutando la compañía de otros jóvenes. Entiendo que finalmente abandonó el sacerdocio y decidió salir del closet.
Los Mulet Lessieur eran hijos de un periodista francés de apellidos Mulet Descamps de quien no tengo idea cómo fue que vino a parar a Guatemala. El mayor, Edmond era de la décima promoción pero perdió un año e iba con la once. Según decían, era el que más había sufrido porque cuando ingresó tuvo que aguantar las burlas y castigos que le propinaron por ser diferente (todos eran rubios y de ojos claros, por la educación que habían recibido en su casa, se comportaban de manera refinada, lo que chocaba con la manera de ser de la mayoría de alumnos en el Hall). Contaban que los primeros días había llegado con pantalones cortos de tirantes y calcetines altos. Edmond, al igual que yo, jamás estuvo en un pelotón de fusileros, él se refugió en la banda de guerra y los dos años que compartimos siempre fue el segundo del encargado. Como era alto y blanco, destacaba al frente de los cornetas marchando con mucho entusiasmo aunque sus compañeros se burlaban de que, siendo ya de últimos años, sólo estuviera en la banda. Recuerdo un viaje que hicimos para desfilar en un pueblo llamado el Jícaro y que al regreso compartimos asiento en el bus. En ese tiempo estaba en segundo y era el portaestandarte. Comenzamos a platicar y pronto nos pusimos a comentar libros que habíamos leído, para nuestra mutua sorpresa compartíamos gustos y las horas se nos hicieron cortas. Entonces cambió mi imagen de él, me di cuenta que si bien no destacaba en los estudios, tenía una cultura envidiable. Con el tiempo fue destacando en el cuerpo diplomático y en el año 2007 lo nombraron secretario de la misión de la ONU en Haití, luego llegó a secretario general adjunto, todo un honor para Guatemala.
Maurice, el segundo, era de la once pero iba con la doce. Era delgado y no muy alto, molestón y rebelde.
Y luego estaba André, el pequeño, el de mi promoción. André se parecía más a Maurice y estábamos en la misma sección. Como tenía dos hermanos grandes (uno en segundo y otro en tercero) no lo golpeaban, a los antiguos les divertía con su inocencia. Recuerdo que hasta los malos de Granados lo rodeaban y le decían –Nuevo, decí malas palabras- André, con su carita pecosa y sus grandes ojos azules, decía con vocecita aflautada –Malo, feo- y los antiguos se doblaban de la risa. En aquella época era obligatorio que nos pusieran varias vacunas, entre ellas la de la tuberculosis. Primero nos ponían la prueba de la tuberculina que era un poco de líquido que aplicaban justo debajo de la piel y que formaba una bombita, como ampolla. Nos ponían en fila y Aspirina con otro enfermero iban aplicándola (no me pregunten de higiene, ellos llenaban su jeringa y usaban una misma aguja para todos). Yo iba justo detrás de André y vi que cuando se la pusieron, se puso blanco como papel y se desmayó.
Al profesor de artes industriales, de apellido Samayoa, le decían “padrote” no me pregunten por qué, ese no es un apodo del que uno pueda sentirse orgulloso. El bendito padrote nunca se quitaba los lentes oscuros, en realidad nunca le vi los ojos, lo cual era peligroso el día de los exámenes porque no podías saber si te estaba controlando cuando sacabas el chivo o el cuaderno. Resulta que uno de los experimentos que le gustaba hacer era regar agua en el piso, luego metía un alambre en un tomacorriente y nos obligaba a arrodillarnos y poner las manos en el agua, entonces, mientras tomaba el alambre metido en el tomacorrientes con una mano, nos comenzaba a pasar la otra por la cabeza pelona. Era una sensación rarísima, como si miles de alfileres se estuvieran clavando en tu cerebro. No está de más decirles lo que pasó cuando a André le tocó sentir al experimento.
Edmon y Maurice sí se graduaron del Hall, André estuvo dos o tres años, luego tomó otro camino.
Enrique Byrne era de la promoción de Carlos Braulio, tenía mucho parecido físico con André y fue el más “normal” de los cinco. En cambio Donald, su hermano pequeño, cerró con broche de oro el pentágono de los Mulet. Donald era de la promoción de manzanita, y si me permiten decirlo, parecía muñequito. De ojos azules y rasgos finos, se veía precioso con los uniformes. No lo traté mucho en el Hall, pero años después me sorprendió verle con sotana, pero también a veces por las noches en las discotecas, disfrutando la compañía de otros jóvenes. Entiendo que finalmente abandonó el sacerdocio y decidió salir del closet.
Redoblantes y trompetas
Una institución como el Hall no sería lo mismo sin redoblantes y trompetas. Cuando ingresé eran dos compañías con tres pelotones y la banda de guerra. Cada compañía tenía su “caja” como le llamábamos a quien tocaba el redoblante que iba marcando el paso durante la marcha. Uno de ellos era de apellido Archila, un gordo moreno que sudaba como nunca he visto a nadie hacerlo y que se especializaba en darnos a los nuevos con las baquetas en la cabeza. El otro era el chino Muralles. A ambos les encantaba su oficio y tocaban de maravilla el redoblante dándonos el ánimo para marchar.
Hasta donde recuerdo, Archila no se graduó. Años después me enteré que sufrió de diabetes y que le habían tenido que amputar las piernas, poco después murió. Muralles fue asesinado a fines del 69 en los alrededores de la plaza Berlín por un grupo de los llamados Centuriones, por el único pecado de estar pelón y celebrando que ese día les habían anunciado que sí se graduarían algunas semanas después.En los cinco años que estuve allí escuché a algunos compañeros sacar unas notas tan limpias y vibrantes a la corneta que realmente nos ponían la piel de gallina. Lamentablemente se me han olvidado los nombres de esos virtuosos.
Hasta donde recuerdo, Archila no se graduó. Años después me enteré que sufrió de diabetes y que le habían tenido que amputar las piernas, poco después murió. Muralles fue asesinado a fines del 69 en los alrededores de la plaza Berlín por un grupo de los llamados Centuriones, por el único pecado de estar pelón y celebrando que ese día les habían anunciado que sí se graduarían algunas semanas después.En los cinco años que estuve allí escuché a algunos compañeros sacar unas notas tan limpias y vibrantes a la corneta que realmente nos ponían la piel de gallina. Lamentablemente se me han olvidado los nombres de esos virtuosos.
sábado, 14 de noviembre de 2009
Muñoz Piloña
Le llamaban el enano Muñoz Piloña, iba con la onceava promoción pero en realidad había ingresado al Hall de San Marcos y cursado el primer año allá. Estaba en tercero cuando nosotros ingresamos y ya era cabo efectivo. Lo que le faltaba en estatura le sobraba en liderazgo. No era de los “golpeadores” sino de los “exigentes”, no toleraba nada menos que la excelencia. Al finalizar el primer año él me examinó de educación física y si bien no perdí, apenas logré pasar con la nota mínima (pasé mucho tiempo pensando que si hubiera sacado unos veinte puntos más, la bandera hubiera sido mía y no de López Jiménez).
En enero siguiente ingresó a la Politécnica, una vez escuché la anécdota que para lograrlo, se empinó cuando lo midieron porque no llegaba al 1.60 mínimo que pedían para admitirlo, algo que se hacía obvio en los desfiles, porque él era el más pequeño de todo el batallón de cadetes.
Íbamos con alguna frecuencia a visitar a los ex alumnos del Hall que estaban estudiando allá. Recuerdo especialmente una vez que lo encontramos todo moreteado, se notaba que le habían dado una soberana paliza. Al ver nuestra cara de sorpresa nos dijo que por favor lo disculpáramos si alguna vez nos había tratado mal. Sacó fuerza de flaqueza y se graduó como oficial en el año 1972.
Diez años después, cuando ya era capitán, organizó el movimiento que llegó a conocerse como de oficiales jóvenes que derrocó al general Lucas y puso en el poder al general Ríos Mont. Cuando el ejército recuperó su organización jerárquica y sustituyó a Ríos Mont por Mejía Víctores, los días de Muñoz Piloña estuvieron contados. Al poco tiempo causó baja, formó una compañía de servicios de seguridad. Muchos detalles de cómo organizó el golpe y lo que vivió en esos meses que acompañó a Ríos Mont en el poder, los supe de su propia boca algunos años después, en una amena charla que duró toda una noche.
En enero siguiente ingresó a la Politécnica, una vez escuché la anécdota que para lograrlo, se empinó cuando lo midieron porque no llegaba al 1.60 mínimo que pedían para admitirlo, algo que se hacía obvio en los desfiles, porque él era el más pequeño de todo el batallón de cadetes.
Íbamos con alguna frecuencia a visitar a los ex alumnos del Hall que estaban estudiando allá. Recuerdo especialmente una vez que lo encontramos todo moreteado, se notaba que le habían dado una soberana paliza. Al ver nuestra cara de sorpresa nos dijo que por favor lo disculpáramos si alguna vez nos había tratado mal. Sacó fuerza de flaqueza y se graduó como oficial en el año 1972.
Diez años después, cuando ya era capitán, organizó el movimiento que llegó a conocerse como de oficiales jóvenes que derrocó al general Lucas y puso en el poder al general Ríos Mont. Cuando el ejército recuperó su organización jerárquica y sustituyó a Ríos Mont por Mejía Víctores, los días de Muñoz Piloña estuvieron contados. Al poco tiempo causó baja, formó una compañía de servicios de seguridad. Muchos detalles de cómo organizó el golpe y lo que vivió en esos meses que acompañó a Ríos Mont en el poder, los supe de su propia boca algunos años después, en una amena charla que duró toda una noche.
Peña y los aguacates
Carlos Federico Peña Ortiz era uno de los más pequeños de la promoción. Era rubio, de pelo colocho, pecoso y ojos color miel. Fue el primero de varios hermanos que pasaron por el Hall. Él también se iba en el bus 2 y fue otra víctima de un experimento de los antiguos. Resulta que Peña tenía la voz muy aguda y uno de ellos decidió que tenía que ponerse ronco; para lograrlo lo hacía comerse un aguacate diario. Lo gracioso del caso es que de tanto obligarlo (o tal vez fueron los aguacates), a Peña se le puso un vozarrón que sonaba desproporcionado para su estatura. Cuando ya era antiguo, daba risa cuando se acercaba por detrás de algún nuevo y le ordenaba algo. El nuevo se volteaba viendo hacia arriba, esperando encontrarse con un inmenso antiguo y poco a poco bajaba la vista para encontrarse al antiguo Peña, bajito y con el ceño fruncido.Peña se graduó en la Politécnica, me lo encontré por la zona 3 cuando fue el terremoto, supervisando la labor de un pelotón de soldados cuando estábamos descombrando y quemando cadáveres, luego me contaron que fue uno de los fundadores de la escuela de Kaibiles y me alegró mucho enterarme, hace un par de años, que lo habían ascendido a general.
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