¿Creen en las coincidencias? Yo sí. Hoy es domingo 17 de Mayo de 2008, acabo de regresar de estar con mis hijas y cuál no sería mi sorpresa de haber visto, en el café a donde fuimos a refaccionar, a uno de los secuaces de Granados, su nombre es Juan (dejémoslo allí).
Los de ese grupo de la doceava promoción parecían estar tocados de la cabeza. Les encantaba golpear y vejar de todas las maneras posibles, y lo que es peor, nadie los denunciaba ni se atrevía a ponerlos en su lugar. Uno de ellos, de apellido Rueda, tenía fijación con mi cabeza torcida, y cada vez que me miraba me decía “Salazar enderezca la cabeza”.
1971. Desfile del 30 de junio. Una celebración especial porque era la del centenario de la revolución liberal, era mi último desfile. Estábamos en el Campo de Marte. El batallón de la Politécnica ubicado frente a nosotros. El abanderado era ¡oh sorpresa! el cabo Pedro Granados. De pronto comencé a observar el inconfundible balanceo que anunciaba su inminente desmayo. Y si eso, con el abanderado del Hall era inconcebible, ya podrán imaginar que cayera el abanderado de la Politécnica, en plena celebración del centenario de la revolución. Que Dios me perdone, pero yo no le quitaba la vista de encima ansiando ver ese momento. Vi como llegó el enfermero a hacerle oler esa sustancia que golpeaba en el cerebro y que nos hacía reaccionar, al mayor (luego general) de la Cruz, que en ese entonces era el comandante del batallón, darle con el filo de la espada en la espalda sin mayor disimulo, pero nada surtió efecto. Minutos después Granados daba con su humanidad contra el suelo. El escolta que estaba al lado apenas si pudo tomar la bandera antes que cayera con él. Dos cadetes arrastraron al inerte abanderado fuera de la vista del público.
Granados ni siquiera llegó a concluir ese año, entiendo que cayó en una crisis de indisciplina y furia y terminó siendo expulsado de la Escuela; por un tiempo no se supo más de él.Uno o dos años después (no recuerdo exactamente la fecha), me contaron que él era uno de los guerrilleros que había caído en un fallido intento de tomar el Campamento Tortugas en Izabal. Pasó el tiempo y un día conversando con un oficial del ejército, me dijo que Granados no había muerto en el ataque, que lo habían capturado vivo. –Aguantó cinco días- fue su lacónico comentario que me dio a entender tanto.
sábado, 14 de noviembre de 2009
Jorge Argueta

Mayo de 2008. Acabo de leer una esquela que indica que el ingeniero Jorge Argueta Estrada falleció ayer. Según mis cálculos ha de haber tenido 52 años, mis recuerdos me llevan a octubre de 1969, hace casi 40 años.
Estaba terminando tercer año, un año difícil por la presión que nos hacía el negro Martinez Veliz (eso lo cuento en otro apartado). Mis bajas notas en educación física y en mecanografía impidieron que recuperara la bandera del Hall. A López Jiménez le pasó lo mismo, la nota de mecanografía hizo que perdiera la bandera (no es echarle el muerto a la Tere, así le decían al profesor de mecanografía –creo que se llamaba Tereso- pero se paseó en nosotros, los dos mejores alumnos de ese grado).
Cuando anunciaron los resultados, había sacado el primer puesto de tercer año, pero me tuve que conformar con el tercer puesto de todo el Hall y por lo tanto seguir siendo el primer escolta. El nuevo abanderado era Jorge Argueta Estrada y el portaestandarte Jesús Aguirre Loarca, ambos alumnos de primer año. Era una promoción de superdotados, porque de los cuatro escoltas, otros dos eran también de primer año, Ader Soto Arana y Rodríguez. El sexto del grupo era de la doceava promoción, Funes Toledo.
La displicencia de Funes era legendaria, simple y sencillamente, aunque era el más antiguo se desentendió del grupo y me dejó la responsabilidad de hacerme cargo de entrenar, en menos de una semana a cuatro nuevos para que asumieran la responsabilidad de ser los abanderados y escoltas. Quienes más problemas me dieron fueron Soto y Rodríguez, ellos tenían que llevar fusil el día de la clausura y sus físicos no daban para ello (Soto era pequeñito, creo que no llegaba a medir 1.40, el fusil con bayoneta le pasaba en altura; Rodríguez era flaco, más flaco que cuando yo tenía su edad). Ellos pusieron mucho empeño y logramos no hacer el ridículo en esa clausura aunque varias veces sudé frío ante el temor de que no fueran a salirnos las cosas.
Argueta era bastante reservado y del tiempo que compartimos, recuerdo lo que ocurrió un 20 de febrero (día de Tecún Umán). Ese día nos tocaba desfilar desde el parque central hasta el monumento que queda cerca del zoológico, escuchar el repetitivo (lo oí cuatro veces) discurso de un señor de apellido Téllez enalteciendo al héroe nacional, y luego reemprender la marcha hasta el Instituto. Era el desfile más largo de los tres que tradicionalmente realizábamos en un año. Nos obligaban a presentarnos a las cinco de la madrugada y a las siete estábamos en el punto de partida (al costado de la Catedral). Esa mañana noté a Argueta muy pálido, al preguntarle me comentó que su mamá estaba por dar a luz, que apenas si había dormido la noche anterior y que ni siquiera había desayunado. La combinación de desvelo y ayuno le pasó la factura y cuando estábamos de plantón frente al monumento, comenzó a balancearse, claro indicio que iba a desmayarse. ¡Pero él era el abanderado! Cualquiera de nosotros podía caer menos él. En cuanto el comandante del primer pelotón, un teniente de apellidos Gonzalez Taracena (que luego llegó a general y a ministro de la defensa) se dio cuenta, se acercó y comenzó darle golpes en la espalda mientras le amenazaba que si caía, que de una vez abriera un hoyo allí para enterrarse. Yo estaba a su lado derecho y comencé a hablarle para animarlo, pero realmente él estaba mal. Entonces decidí poner mi mano izquierda a nivel de la cintura para que él se recargara en el ángulo que se formaba con mi brazo. Gracias a Dios la estratagema dio resultado y Argueta pudo aguantar hasta que concluyó el acto. Sin embargo cuando reemprendimos la marcha, mi brazo estaba totalmente dormido y a duras penas pude con el fusil. Cuando él me contó que había tenido una hermanita, decidí llamarla María Tecún para recordar el acontecimiento (no creo que le haya gustado mucho, pero nunca me lo dijo).
Al mismo tiempo que yo entraba a la Universidad, Argueta y Aguirre lo hacían a la Escuela Politécnica. Entiendo que, al igual que había pasado con López Jiménez, los envidiosos se encargaron de hacerle la vida imposible pero él no tuvo la suerte de Miguel Ángel de que hubiera becas disponibles, así que dos meses después estaba de vuelta en el Hall, llevando su fracaso a cuestas. Para ese entonces (1972) ya estaban mis primos Carlos Braulio y José Humberto en el Hall y ellos me pusieron al tanto del cambio en comportamiento que estaba sufriendo. Parecía que estaba buscando quién se las pagaba y no quien se las debía. Cuando tuve la oportunidad le escribí diciéndole que recapacitara, que dejara atrás la experiencia en la Politécnica y que volviera a ser el alumno brillante que siempre había sido. Nunca recibí respuesta, pero pasados algunos años me lo encontré (para ese entonces ya era ingeniero y según entiendo piloto aviador), entonces me dijo que esa carta le había hecho recapacitar y cambiar su conducta.
Aguirre sí terminó sus estudios en la Politécnica y siguió como oficial del ejército. En un libro se le menciona como el oficial que lanzó a un famoso comandante guerrillero vivo, al cráter de un volcán en erupción.
Soto fue asesinado, junto con otros estudiantes de ingeniería en un carro que circulaba por el anillo periférico, cuando el gobierno de Lucas desató su represión contra la comunidad universitaria.
De Rodríguez no volví a saber nada.
Estaba terminando tercer año, un año difícil por la presión que nos hacía el negro Martinez Veliz (eso lo cuento en otro apartado). Mis bajas notas en educación física y en mecanografía impidieron que recuperara la bandera del Hall. A López Jiménez le pasó lo mismo, la nota de mecanografía hizo que perdiera la bandera (no es echarle el muerto a la Tere, así le decían al profesor de mecanografía –creo que se llamaba Tereso- pero se paseó en nosotros, los dos mejores alumnos de ese grado).
Cuando anunciaron los resultados, había sacado el primer puesto de tercer año, pero me tuve que conformar con el tercer puesto de todo el Hall y por lo tanto seguir siendo el primer escolta. El nuevo abanderado era Jorge Argueta Estrada y el portaestandarte Jesús Aguirre Loarca, ambos alumnos de primer año. Era una promoción de superdotados, porque de los cuatro escoltas, otros dos eran también de primer año, Ader Soto Arana y Rodríguez. El sexto del grupo era de la doceava promoción, Funes Toledo.
La displicencia de Funes era legendaria, simple y sencillamente, aunque era el más antiguo se desentendió del grupo y me dejó la responsabilidad de hacerme cargo de entrenar, en menos de una semana a cuatro nuevos para que asumieran la responsabilidad de ser los abanderados y escoltas. Quienes más problemas me dieron fueron Soto y Rodríguez, ellos tenían que llevar fusil el día de la clausura y sus físicos no daban para ello (Soto era pequeñito, creo que no llegaba a medir 1.40, el fusil con bayoneta le pasaba en altura; Rodríguez era flaco, más flaco que cuando yo tenía su edad). Ellos pusieron mucho empeño y logramos no hacer el ridículo en esa clausura aunque varias veces sudé frío ante el temor de que no fueran a salirnos las cosas.
Argueta era bastante reservado y del tiempo que compartimos, recuerdo lo que ocurrió un 20 de febrero (día de Tecún Umán). Ese día nos tocaba desfilar desde el parque central hasta el monumento que queda cerca del zoológico, escuchar el repetitivo (lo oí cuatro veces) discurso de un señor de apellido Téllez enalteciendo al héroe nacional, y luego reemprender la marcha hasta el Instituto. Era el desfile más largo de los tres que tradicionalmente realizábamos en un año. Nos obligaban a presentarnos a las cinco de la madrugada y a las siete estábamos en el punto de partida (al costado de la Catedral). Esa mañana noté a Argueta muy pálido, al preguntarle me comentó que su mamá estaba por dar a luz, que apenas si había dormido la noche anterior y que ni siquiera había desayunado. La combinación de desvelo y ayuno le pasó la factura y cuando estábamos de plantón frente al monumento, comenzó a balancearse, claro indicio que iba a desmayarse. ¡Pero él era el abanderado! Cualquiera de nosotros podía caer menos él. En cuanto el comandante del primer pelotón, un teniente de apellidos Gonzalez Taracena (que luego llegó a general y a ministro de la defensa) se dio cuenta, se acercó y comenzó darle golpes en la espalda mientras le amenazaba que si caía, que de una vez abriera un hoyo allí para enterrarse. Yo estaba a su lado derecho y comencé a hablarle para animarlo, pero realmente él estaba mal. Entonces decidí poner mi mano izquierda a nivel de la cintura para que él se recargara en el ángulo que se formaba con mi brazo. Gracias a Dios la estratagema dio resultado y Argueta pudo aguantar hasta que concluyó el acto. Sin embargo cuando reemprendimos la marcha, mi brazo estaba totalmente dormido y a duras penas pude con el fusil. Cuando él me contó que había tenido una hermanita, decidí llamarla María Tecún para recordar el acontecimiento (no creo que le haya gustado mucho, pero nunca me lo dijo).
Al mismo tiempo que yo entraba a la Universidad, Argueta y Aguirre lo hacían a la Escuela Politécnica. Entiendo que, al igual que había pasado con López Jiménez, los envidiosos se encargaron de hacerle la vida imposible pero él no tuvo la suerte de Miguel Ángel de que hubiera becas disponibles, así que dos meses después estaba de vuelta en el Hall, llevando su fracaso a cuestas. Para ese entonces (1972) ya estaban mis primos Carlos Braulio y José Humberto en el Hall y ellos me pusieron al tanto del cambio en comportamiento que estaba sufriendo. Parecía que estaba buscando quién se las pagaba y no quien se las debía. Cuando tuve la oportunidad le escribí diciéndole que recapacitara, que dejara atrás la experiencia en la Politécnica y que volviera a ser el alumno brillante que siempre había sido. Nunca recibí respuesta, pero pasados algunos años me lo encontré (para ese entonces ya era ingeniero y según entiendo piloto aviador), entonces me dijo que esa carta le había hecho recapacitar y cambiar su conducta.
Aguirre sí terminó sus estudios en la Politécnica y siguió como oficial del ejército. En un libro se le menciona como el oficial que lanzó a un famoso comandante guerrillero vivo, al cráter de un volcán en erupción.
Soto fue asesinado, junto con otros estudiantes de ingeniería en un carro que circulaba por el anillo periférico, cuando el gobierno de Lucas desató su represión contra la comunidad universitaria.
De Rodríguez no volví a saber nada.
Manzanita
“Manzanita del Perú… ¿cuántos años tienes tú?” Esa frase me lleva a inicios de 1971, estaba en quinto año, y era el mayor (luego general) Otto Ponce quien se acercaba a un alumno de reciente ingreso, pequeñito, de carita sonrosada y redonda, que al sonreír enseñaba unos dientes como de conejito. Quiso el destino que le asignaran el número 17-2 y que fuera mi centenario. Sergio había tenido un hermano de la 15 promoción. El día que el hermano mayor cumplió 15 años, los papás le dieron de regalo una moto, dos días después le estaban enterrando.
Tal vez fue el saber eso, o una natural simpatía que nació entre nosotros, lo que hizo que me dedicara a cuidarlo como si fuera mi hermano menor (debo reconocer que ni con mi primo Carlos Braulio tuve tantas atenciones cuando ingresó al Hall). Es cierto que para esa época ya era sargento y que me pusieron como encargado de la compañía de nuevos, lo que me daba la autoridad para controlar a los antiguos que merodeaban por las secciones de primer año buscando qué les robaban o cómo los vejaban. Que lejano estaba de que con el correr de los años iba a cosechar lo que estaba sembrando.
1976. El año del terremoto y del ingreso de mi hermano David a la Escuela Politécnica. Siempre voy a tener la duda de si él entró porque sentía la vocación o porque nuestro primo José, con quien tenía especial afinidad desde pequeños, había ingresado un año antes. El hecho es que cada visita de los jueves era una pesadilla para mamá y para mí. David estaba desesperado. Nos rogaba que le sacáramos de allí y por más que usaba todas mis dotes de convencimiento, sus ruegos eran cada vez más apremiantes. Estaba un día de visita cuando a la salida me crucé con un sargento de último año… Cuál no sería mi sorpresa cuando se acercó a saludarme. ¡Era Manzanita! Platicamos un poco de los viejos tiempos y entonces decidí solicitarle su ayuda con David. Él lo tomó bajo su protección y de esa manera mi hermano aguantó el primer ciclo. (Dios, sé que la historia ya está escrita pero ¿hubiera cambiado algo en el destino de mi hermano si yo no intervengo para modificarlo? ¿Por qué no le hice caso a las señales que decían que el futuro de David no estaba en la milicia?)
Luego de su graduación no volví a ver a Manzanita. Algunos años después, con el corazón partido, acompañé al capitán de aviación Sergio Cifuentes Ramos a su última morada. Viví la congoja de sus padres y la de su novia y recordé a ese niño de carita redonda y dientes de conejo que a la pregunta –Manzanita del Perú, ¿cuántos años tienes tú?- Respondía con una sonrisa –Doce mi mayor.-
(Él era piloto de helicópteros y su nave fue derribada en el altiplano. Según me contaron, sobrevivió a la caída, pero había perdido las piernas, murió desangrado antes que la patrulla de rescate llegara al lugar. Ese día me tocó asistir a dos velorios, el de él y el de Muñoz, un compañero de promoción que iba de pasajero.)
Tal vez fue el saber eso, o una natural simpatía que nació entre nosotros, lo que hizo que me dedicara a cuidarlo como si fuera mi hermano menor (debo reconocer que ni con mi primo Carlos Braulio tuve tantas atenciones cuando ingresó al Hall). Es cierto que para esa época ya era sargento y que me pusieron como encargado de la compañía de nuevos, lo que me daba la autoridad para controlar a los antiguos que merodeaban por las secciones de primer año buscando qué les robaban o cómo los vejaban. Que lejano estaba de que con el correr de los años iba a cosechar lo que estaba sembrando.
1976. El año del terremoto y del ingreso de mi hermano David a la Escuela Politécnica. Siempre voy a tener la duda de si él entró porque sentía la vocación o porque nuestro primo José, con quien tenía especial afinidad desde pequeños, había ingresado un año antes. El hecho es que cada visita de los jueves era una pesadilla para mamá y para mí. David estaba desesperado. Nos rogaba que le sacáramos de allí y por más que usaba todas mis dotes de convencimiento, sus ruegos eran cada vez más apremiantes. Estaba un día de visita cuando a la salida me crucé con un sargento de último año… Cuál no sería mi sorpresa cuando se acercó a saludarme. ¡Era Manzanita! Platicamos un poco de los viejos tiempos y entonces decidí solicitarle su ayuda con David. Él lo tomó bajo su protección y de esa manera mi hermano aguantó el primer ciclo. (Dios, sé que la historia ya está escrita pero ¿hubiera cambiado algo en el destino de mi hermano si yo no intervengo para modificarlo? ¿Por qué no le hice caso a las señales que decían que el futuro de David no estaba en la milicia?)
Luego de su graduación no volví a ver a Manzanita. Algunos años después, con el corazón partido, acompañé al capitán de aviación Sergio Cifuentes Ramos a su última morada. Viví la congoja de sus padres y la de su novia y recordé a ese niño de carita redonda y dientes de conejo que a la pregunta –Manzanita del Perú, ¿cuántos años tienes tú?- Respondía con una sonrisa –Doce mi mayor.-
(Él era piloto de helicópteros y su nave fue derribada en el altiplano. Según me contaron, sobrevivió a la caída, pero había perdido las piernas, murió desangrado antes que la patrulla de rescate llegara al lugar. Ese día me tocó asistir a dos velorios, el de él y el de Muñoz, un compañero de promoción que iba de pasajero.)
viernes, 13 de noviembre de 2009
Miguel Angel Lopez Jimenez

Me siento orgulloso y honrado de poder decir que conviví con Miguel Ángel por varios años. Él fue quien, al terminar primer año, ocupó el primer lugar de todo el Hall y por lo tanto ganó el derecho a llevar la bandera al año siguiente, y al terminar segundo, volvió a repetir el logro.
Miguel Ángel, como todos los superdotados, era especial. Era hijo único y sus papás más bien parecían sus abuelos (a veces me he preguntado si no sería adoptado). Era de pocas palabras, sonreía de una manera sarcástica y vestía unos uniformes que parecían corazas (nunca volví a ver a alguien que vistiera un uniforme así, sin una arruga). Aclaro, no fuimos amigos, en realidad no recuerdo si él tenía alguien cercano en el Hall.
Al terminar tercer año perdió mecanografía y con ello la posibilidad de retener la bandera. De todas formas su plan de vida era seguir en la Politécnica, así que aparte del efecto anímico, esto no tuvo consecuencias prácticas. Entró a la Politécnica y allí se encontró con una partida de resentidos que iban un año antes que él, quienes le hicieron la vida imposible, tanto que en la primera oportunidad que tuvo, ganó una beca para una Escuela Militar en América del Sur. Allá finalizó sus estudios como el primero de su promoción. Cuando regresó a Guatemala, le nombraron instructor en la Politécnica. Me lo volví a encontrar en esos días porque mi hermanito estaba estudiando allí. Y lo que no pudimos hacer cuando fuimos compañeros en el Hall, se volvió una rutina. Cada vez que llegaba a visitar a David, Miguel Ángel se aparecía por allí para que conversáramos. Era curioso, en esos tiempos era cuando estaba viviendo mi etapa de mayor antimilitarismo y él lo llevaba impregnado hasta los huesos, pero con una pequeña diferencia. Nuestras conversaciones giraban alrededor de la decepción que Miguel Ángel experimentaba sobre cómo se manejaban las cosas en el ejército de Guatemala y la falta de contacto que la institución tenía con las bases de nuestra sociedad. Ese marco de ideas que eran afines a las mías, se convirtió en el punto de partida para nuestras charlas. Miguel Ángel quería cambiar el sistema, creía en un ejército del pueblo y para el pueblo, sin prebendas ni abusos. Le fascinaba escribir y aprovechaba cada momento libre para plasmar en papel sus ideas. Pero esos escritos no merecían el beneplácito de sus superiores y pocos fueron publicados.
Uno o dos años después recibí una noticia que me impactó más que si me hubiera caído un rayo encima. Miguel Ángel había sido asesinado. La versión oficial fue que un comando guerrillero lo había emboscado a él y a varios Guardias de Hacienda que le acompañaban, en un poblado de Sololá. Ninguno sobrevivió. Asistí al entierro y presencié el dolor de su madre (no recuerdo haber visto a su padre en el funeral). Escuché las elogiosas palabras del discurso oficial lamentando tan sensible pérdida para la institución armada.Muchos años después, una fuente confiable (un militar), me confesó que la orden de asesinar a Miguel Ángel había venido del Alto Mando del Ejército, pues estaban temerosos de su línea de pensamiento. La misión fue encomendada a los Guardias de Hacienda (esto respondía a una de las mayores interrogantes, ¿por qué ellos lo estaban “acompañando” y no soldados?). Lo sacaron de la Politécnica con engaños, indicándole que tenía que cumplir una misión secreta –llevar unos papeles a un destacamento en Sololá-. Pero Miguel Ángel, sospechando algo, iba mejor armado y alerta que de costumbre y antes de morir se llevó por delante a sus asesinos.
Miguel Ángel, como todos los superdotados, era especial. Era hijo único y sus papás más bien parecían sus abuelos (a veces me he preguntado si no sería adoptado). Era de pocas palabras, sonreía de una manera sarcástica y vestía unos uniformes que parecían corazas (nunca volví a ver a alguien que vistiera un uniforme así, sin una arruga). Aclaro, no fuimos amigos, en realidad no recuerdo si él tenía alguien cercano en el Hall.
Al terminar tercer año perdió mecanografía y con ello la posibilidad de retener la bandera. De todas formas su plan de vida era seguir en la Politécnica, así que aparte del efecto anímico, esto no tuvo consecuencias prácticas. Entró a la Politécnica y allí se encontró con una partida de resentidos que iban un año antes que él, quienes le hicieron la vida imposible, tanto que en la primera oportunidad que tuvo, ganó una beca para una Escuela Militar en América del Sur. Allá finalizó sus estudios como el primero de su promoción. Cuando regresó a Guatemala, le nombraron instructor en la Politécnica. Me lo volví a encontrar en esos días porque mi hermanito estaba estudiando allí. Y lo que no pudimos hacer cuando fuimos compañeros en el Hall, se volvió una rutina. Cada vez que llegaba a visitar a David, Miguel Ángel se aparecía por allí para que conversáramos. Era curioso, en esos tiempos era cuando estaba viviendo mi etapa de mayor antimilitarismo y él lo llevaba impregnado hasta los huesos, pero con una pequeña diferencia. Nuestras conversaciones giraban alrededor de la decepción que Miguel Ángel experimentaba sobre cómo se manejaban las cosas en el ejército de Guatemala y la falta de contacto que la institución tenía con las bases de nuestra sociedad. Ese marco de ideas que eran afines a las mías, se convirtió en el punto de partida para nuestras charlas. Miguel Ángel quería cambiar el sistema, creía en un ejército del pueblo y para el pueblo, sin prebendas ni abusos. Le fascinaba escribir y aprovechaba cada momento libre para plasmar en papel sus ideas. Pero esos escritos no merecían el beneplácito de sus superiores y pocos fueron publicados.
Uno o dos años después recibí una noticia que me impactó más que si me hubiera caído un rayo encima. Miguel Ángel había sido asesinado. La versión oficial fue que un comando guerrillero lo había emboscado a él y a varios Guardias de Hacienda que le acompañaban, en un poblado de Sololá. Ninguno sobrevivió. Asistí al entierro y presencié el dolor de su madre (no recuerdo haber visto a su padre en el funeral). Escuché las elogiosas palabras del discurso oficial lamentando tan sensible pérdida para la institución armada.Muchos años después, una fuente confiable (un militar), me confesó que la orden de asesinar a Miguel Ángel había venido del Alto Mando del Ejército, pues estaban temerosos de su línea de pensamiento. La misión fue encomendada a los Guardias de Hacienda (esto respondía a una de las mayores interrogantes, ¿por qué ellos lo estaban “acompañando” y no soldados?). Lo sacaron de la Politécnica con engaños, indicándole que tenía que cumplir una misión secreta –llevar unos papeles a un destacamento en Sololá-. Pero Miguel Ángel, sospechando algo, iba mejor armado y alerta que de costumbre y antes de morir se llevó por delante a sus asesinos.
Esta es la foto oficial de segundo A (1968) Miguel Angel está en la segunda fila, en medio, frente a la columna.
Nos ponemos por primera vez el uniforme de gala

¡Ay memoria! ¿por qué precisamente ahora has borrado tantos recuerdos de esta época que marcó mi vida? Por ejemplo, he olvidado por qué algunos alumnos nos pusimos el uniforme de gala antes que los demás. El hecho es que un sábado nos tuvimos que presentar uniformados de gala, un alumno por cada sección, y fui el seleccionado por la mía (primero sección A). Fue como encerrar ovejas en una guarida de lobos hambrientos. Los antiguos que estaban internos se dieron gusto bautizando a los cuatro nuevos que osábamos ponernos el uniforme de gala por primera vez. Nos hicieron correr a través del corredor del internado mientras nos pegaban con toallas mojadas, nos lanzaban patadas y golpes y nos maldecían con todas sus fuerzas. De los otros alumnos de primer año sólo recuerdo que estaba Miguel Ángel López Jiménez.
Me cortaron la mano
Todavía me pregunto cómo logré aguantar el primer año del Hall. Perdí la cuenta de las veces que mamá tuvo que ir corriendo por la tarde (en ese tiempo aún teníamos dos jornadas y podíamos ir a almorzar a la casa) a presentar una excusa porque yo no me había presentado (En las tardes nos daban educación física y entrenamiento militar). Granados y sus secuaces me tenían al borde de la locura, no pasaba semana en la que me agarraran a golpes. En los recreos me escondía para que no me vieran. Más de alguna vez pensé que sólo muriendo iba a terminar el martirio. Entonces sucedió lo de la mano cortada.
Un mediodía que llegué a la casa, mamá no estaba. Aproveché para tomar una hoja de afeitar y me hice como ocho cortes en el dorso de la mano. Cuando ella llegó me encontró bañado en sangre. Como ya existía el precedente del codo, los oficiales pensaron que un antiguo me había hecho eso (y aunque a ustedes les cueste creerlo, había razones para creerlo, allí estudiaba cada sádico). De nuevo comenzaron los interrogatorios para que confesara quien me había lastimado así y les juro que me moría por decir que había sido Granados. Tuve en mis manos una oportunidad de torcer el destino, pero no me atreví, aunque tampoco confesé que había sido yo.Haciendo cuentas, calculo que al menos seis de mi promoción fueron fracturados por agresiones de los antiguos.
Gracias a Dios no murió ninguno, como había pasado con un infortunado de la promoción anterior.
Un mediodía que llegué a la casa, mamá no estaba. Aproveché para tomar una hoja de afeitar y me hice como ocho cortes en el dorso de la mano. Cuando ella llegó me encontró bañado en sangre. Como ya existía el precedente del codo, los oficiales pensaron que un antiguo me había hecho eso (y aunque a ustedes les cueste creerlo, había razones para creerlo, allí estudiaba cada sádico). De nuevo comenzaron los interrogatorios para que confesara quien me había lastimado así y les juro que me moría por decir que había sido Granados. Tuve en mis manos una oportunidad de torcer el destino, pero no me atreví, aunque tampoco confesé que había sido yo.Haciendo cuentas, calculo que al menos seis de mi promoción fueron fracturados por agresiones de los antiguos.
Gracias a Dios no murió ninguno, como había pasado con un infortunado de la promoción anterior.
Fugaz paso por el pelotón de fusileros
En los cinco años que estuve en el Hall jamás desfilé en un pelotón de fusileros. Es cierto que desde segundo a quinto estuve en la escolta de bandera (uno de ellos como portaestandarte), pero en primer año la razón fue otra. Fue porque el chip de mi cerebro no funcionó para aprender las rutinas de manejo del fusil. Era humillante que cuando nos ordenaban ponernos el fusil en el hombro derecho, yo terminaba con el arma en el izquierdo, o que si nos ordenaban marchar hacia la derecha, yo tomaba hacia la izquierda. Mi torpeza rebasaba los límites de lo tolerable. Y lo peor era que el pánico multiplicaba mis desaciertos, ya que cada metida de pata era adecuadamente recompensada con golpes con la culata de un fusil en el pecho o en los pies. Cuando los cabos y sargentos se convencieron que no había lugar para mí en esto, me enviaron a la banda de guerra.
Primero probé en cornetas, pero no logré sacarle un sonido decente al instrumento, pasé por redoblantes pero carecía de la habilidad; me pusieron en tamborón, pero literalmente el viento me arrastró con todo y ese armatroste en una práctica en el Campo de Marte. Así que terminé en lo más bajo de la jerarquía musical, en los tamborines, unos cilindros que estaban recubiertos de piel en la parte superior y que había que aporrear cada vez que se daba un paso. Así fue como desfilé el 30 de junio y el 15 de septiembre cuando estaba en primer año.
Primero probé en cornetas, pero no logré sacarle un sonido decente al instrumento, pasé por redoblantes pero carecía de la habilidad; me pusieron en tamborón, pero literalmente el viento me arrastró con todo y ese armatroste en una práctica en el Campo de Marte. Así que terminé en lo más bajo de la jerarquía musical, en los tamborines, unos cilindros que estaban recubiertos de piel en la parte superior y que había que aporrear cada vez que se daba un paso. Así fue como desfilé el 30 de junio y el 15 de septiembre cuando estaba en primer año.
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